En cada rostro un Plan Marshall, en cada esquina un New Deal

Plan Europeo de Recuperación Económica

En cada rostro un Plan Marshall en cada esquina un New Deal

Gracias al servicio de Calviño y Sánchez a Alemania, no habrá mecanismos por los que el BCE pueda seguir con sus compras de deuda respaldadas por eurobonos. Este acuerdo no pone fin a nada: inicia una fase de inestabilidad

Isidro López

“Una Europa preparada para adoptar con rapidez medidas audaces, ambiciosas y precisas será una Europa capaz de poner freno a la desaceleración y de invertir la tendencia. O nadamos juntos o nos ahogamos todos. La contribución específica de la Unión Europea es su capacidad para hacer que los socios trabajen juntos. Si aunamos la acción de los Estados miembros y de la Comunidad, lograremos un instrumento poderoso para el cambio. Abrirá el camino para sacar el máximo provecho de las bazas de que dispone cada parte de Europa. Nos permitirá perfilar la respuesta global a la crisis mundial. 

La Comisión refuerza hoy esta plataforma de actuación conjunta con un Plan destinado a contener la magnitud de la desaceleración, estimular la demanda y generar confianza, salvando cientos de miles de puestos de trabajo y manteniendo la actividad de empresas pequeñas y grandes, a la espera de que se restablezca el crecimiento. El Plan Europeo de Recuperación Económica consta de dos pilares y un principio rector: 

El primer pilar es una inyección masiva de poder adquisitivo en la economía con objeto de estimular la demanda y generar confianza. La Comisión propone que, con carácter de urgencia, los Estados miembros y la UE acuerden un impulso presupuestario inmediato de 200.000 millones EUR (1,5 % del PIB) para reactivar la demanda, en pleno cumplimiento del Pacto de Estabilidad y Crecimiento. 

El segundo pilar se fundamenta en la necesidad de dirigir la acción a corto plazo a reforzar la competitividad de Europa a largo plazo. El Plan establece un programa integral para orientar el gasto a las inversiones «inteligentes». Invertir de forma inteligente implica hacerlo en las cualificaciones adecuadas para las necesidades del mañana; invertir en eficiencia energética para crear puestos de trabajo y ahorrar energía, invertir en tecnologías limpias para impulsar sectores como los de la construcción y el automóvil en los mercados con bajo nivel de carbono del futuro; e invertir en infraestructuras e interconexiones para fomentar la eficiencia y la innovación”.

Extracto de la comunicación de la Comisión al Consejo Europeo – Un Plan Europeo de Recuperación Económica. Bruselas, 26.11.2008

El eterno retorno de lo idéntico

Cuando estalló la pandemia en Europa, allá por marzo, y comenzaron los encierros nos encontramos ante un aluvión de discursos grandilocuentes que apelaban a un nuevo New Deal o a un nuevo Plan Marshall. El primero, un nuevo New Deal, era imposible de pensar sin una contraparte como lo fue el movimiento obrero organizado, sin su apoyo como correa de transmisión de las políticas de Roosevelt durante la Segunda Guerra Mundial habría fracasado sonoramente. Y la apelación al Plan Marshall era o es aún más disparatada, puesto que la Unión, antes Comunidad Europea es literalmente el Plan Marshall, que no era solo una cifra sino todo un entramado institucional del que formaban parte las comunidades europeas junto a la OCDE o el GATT. La diferencia entre entonces y ahora es que la aplastante hegemonía americana de posguerra no solo aceptaba, sino que necesitaba la reconstrucción de sus competidores, los derrotados Alemania y Japón. Poco se parecen los actuales planes económicos europeos a la lógica que dio vida a las instituciones de los que emanan. De parecerse a algún plan de posguerra, la UE por ahora solo ha sido capaz de remedar las draconianas condiciones Winner takes it all del Tratado de Versalles, que puso fin a la Primera Guerra Mundial y que Keynes criticó certeramente en Las consecuencias económicas de la paz.

La Comisión propone que los Estados miembros y la UE acuerden un impulso presupuestario de 200.000 millones (1,5 % del PIB) para reactivar la demanda

Pero ni una cosa ni la otra encontramos en el ‘histórico’ acuerdo firmado esta semana por los jefes de gobierno de los países de la UE. El texto reproducido arriba es de 2008 y podría perfectamente ser –salvando las cifras concretas– el texto acordado este martes 21 de julio por los primeros ministros de los Estados miembros para un plan de reconstrucción europeo. Como muchísimos otros desde entonces, el acuerdo de 2008 fue calificado de “histórico” y “sin precedentes”. Apenas un año después comenzaba una década de recortes, privatizaciones y austeridad en toda la eurozona, que terminó con una especie de encajonamiento definitivo de la crisis en los países del flanco sur.

La Unión Europea es un objeto político harto peculiar: su modo de funcionamiento preferido es la invisibilidad. Cuando su poder económico es demasiado visible suele ser consecuencia de una situación de crisis de los gobiernos nacionales, encargados de gestionar el malestar que generan las políticas y medidas económicas de Bruselas. Cuando esto sucede y la UE se vuelve un actor político y económico visible, empieza toda una serie de fuegos de artificio compuestos de otros tantos “días históricos” y acuerdos “sin precedentes” que se olvidan tan rápido cómo han llegado. Si en condiciones de no crisis la UE suele vender una refundación histórica cada dos años, durante las crisis se acorta el periodo hasta tener una jornada histórica cada seis meses.

Después de 1986, todos fuimos altos, rubios y socialdemócratas, como los suecos, al menos hasta que se vio el durísimo rostro del diktat alemán en la crisis de 2008

Tampoco en lo procedimental hay mucha novedad en este acuerdo. La liturgia comunicativa de la negociación es algo que la UE tiene bastante controlada. Extenuantes jornadas de negociación, puntos de vista irreconciliables, líderes con fuertes personalidades que chocan entre sí, etcétera. Cualquiera que haya seguido mínimamente cómo funcionan las cumbres europeas sabía que habría acuerdo y que este sería presentado a altas horas de la madrugada. En España, además, esta épica de  los acuerdos comunitarios toca la nota sentimental del recuerdo de aquel gran triunfo del PSOE: las negociaciones de acceso a la Comunidad Económica Europea, con las imágenes de un Manuel Marín melenudo, con los pies encima de la mesa, extenuado, tras unos inacabables ejercicios de ultrafondismo burocrático para negociar las cuotas lecheras o del carbón. Mereció la pena. Después de 1986, todos fuimos altos, rubios y socialdemócratas, como los suecos, al menos durante los veinte años que duró la ensoñación hasta que se vio el durísimo rostro del diktat alemán en la crisis de 2008. 

Pero, a pesar de la heroica belleza formal de las largas jornadas peleando una décima del tipo de interés de los préstamos comunitarios, lo cierto es que la organización de un acuerdo europeo como este no se fragua en torno a las ventajas que pueda tener para cada región económica de la UE –pues eso son economías ‘nacionales’– sino en torno a la composición de un lenguaje que permita presentarse a todas las partes como ganadoras antes sus respectivas clientelas electorales. En este sentido, ha habido acuerdo, pero en los parámetros habituales de la UE. 

¿Qué hay de lo mío?

¿Qué puedo yo llevar de vuelta a mi país? Esa es la pregunta central en las negociaciones europeas de este tipo. En el caso del Gobierno de Pedro Sánchez, esta pregunta se ha lanzado desde una total sumisión a Alemania, hasta el punto de que la ínclita mujer de negro Nadia Calviño rompió hace tiempo el frente sur a favor de los coronabonos, una version de la mutualización de la deuda mucho mas cercana a la demanda, procedente de la anterior crisis, de eurobonos. El presidente italiano, Giuseppe Conte, y el francés, Emmanuel Macron, se habían posicionado a favor de esta demanda. El gobierno español hizo el trabajo sucio a Alemania presentando un plan alternativo, muchísimo menos vinculante, que es la base del actual acuerdo, aunque este está incluso bastante rebajado respecto a lo presentado por la neoliberal en jefe ministra de Economía española.

 Al contrario de lo que se suele creer una de las funciones centrales de la UE ha sido reconstruir el Estado-nación desde la esfera transnacional, antes que minarlo

Alemania ha aprendido a hacer política. Los costes de su exhibición de poder frente al referéndum griego de 2015 le han salido más caros de lo que en su momento parecía. Su demostración de poder frente EE.UU., que fue incapaz de imponer su visión de la tercera crisis griega como un problema solucionable con una quita de la deuda organizada desde arriba por el FMI, ha traído como consecuencia una guerra comercial, poco comentada, con el antiguo aliado europeo. Y en términos internos, ha supuesto una relativa autonomización del BCE frente a Alemania, como se ha podido ver en el conflicto entre el Banco Central y el Tribunal Constitucional alemán. En esta ocasión, Merkel ha preferido –con mayor inteligencia– que defiendan sus intereses los ridículamente llamados países “frugales”, otro lugar común estereotípico como el término PIIGS, acuñado en la anterior crisis para los países del sur europeo. 

La relación de Alemania con Holanda, Austria, Dinamarca, Suecia y Finlandia es, para entendernos, como la que mantiene Jose Luis Moreno con sus muñecos. Si el ventrílocuo sentase a sus muñecos en una mesa de negociación le sería relativamente sencillo aparecer como el mediador de un acuerdo entre ellos y los entes negociadores no directamente controlados por él y, a la vez, poner sus propios intereses en el pico de Rockefeller o la boca de Monchito. Eso ha sucedido en las negociaciones entre “frugales” y “manirrotos”.

En el, aún muy probable, caso de una nueva crisis de deuda en la eurozona, Alemania no va a salvar a España de la austeridad, los recortes y las privatizaciones. Pero hará lo posible porque la fidelidad perruna de los de Sánchez se vea recompensada con alguna percha comunicativa de la que colgar el dominio alemán. Esto ya lo hizo Merkel con Rajoy permitiéndole llamar “rescate a Bankia” al rescate del sistema financiero español en 2012. Un rescate aún vigente que, recordemos, generó un memorándum de entendimiento como el que permitía el control europeo de la economía griega y del que es pieza fundamental la reforma laboral del Partido Popular. Nada de esto es tampoco nuevo del todo. Al contrario de lo que se suele creer, y como demostró el historiador más sólido del proceso europeo, Alan Milward, una de las funciones centrales de la UE desde sus principios ha sido reconstruir el Estado-nación desde la esfera transnacional, antes que minarlo. Esto es lo que nunca entendieron del todo los británicos. 

 Si hoy no hay una crisis financiera en Europa es gracias a las políticas expansivas del BCE que han atajado, mediante compras masivas de títulos de deuda

Un ejemplo claro de este tipo de funcionamiento: si hoy no hay una crisis financiera en Europa es gracias a las políticas expansivas del BCE que han atajado, mediante compras masivas de títulos de deuda, las más que posibles aperturas de diferenciales en las primas de riesgo de los países del sur frente a su valor de referencia, el bund alemán. Estas políticas son el resultado práctico del ciclo de movilizaciones contra la austeridad de la década pasada y, aunque parezcan un conflicto entre elites capitalistas, se escuchan en ellas los ecos del conflicto de clase, a nivel europeo, que emergió en aquellos años y muy posiblemente vuelva a emerger. Sin embargo, tal y como está concebida la Unión, resulta inaceptable que pueda ser posible una relación directa entre las poblaciones de la Unión y la única institución propiamente europea, el BCE, que no esté mediada por los jefes de gobierno de cada Estado-nación. 

Si no se hiciera así, con todo lujo de envoltorios históricos y de jefes de Estado celebrando sus victorias incompatibles entre sí en sus distintos países, quizá se podría llegar a la conclusión de que la escala del Estado-nación es superflua y prescindible. Y lo que sería más grave para el actual statu quo, podría dar la sensación de que el enfrentamiento frontal con Alemania es más práctico que ser el perro fiel que espera un azucarillo, rol que sucesivamente han desempeñado Mariano Rajoy y Pedro Sánchez, este último flanqueado por sus escuderos Pablo Iglesias y Alberto Garzón, a los que parece que con tal de pisar un poquito más la moqueta ministerial, les vale cualquier autopromo gruesa. 

¿Nos ha tocado el gordo?

Vayamos al contenido de lo acordado. Efectivamente, la suma total puesta a disposición –o mejor dicho, que se pondrá a disposición de los Estados miembros si se logra recaudar en los mercados financieros– es mayor que ninguna antes. No debería sorprender, dadas las dimensiones de la crisis económica global, provocada por la covid, pero marcada en sus perfiles desde mucho antes de la pandemia y los confinamientos. Aun así, la suma inicial de 500.000 millones de euros en transferencias ha recibido un buen tajo que la ha dejado en 390.000. No llega ni siquiera a ser el doble de la estipulada en el plan de reconstrucción de 2008 citado al principio de este artículo. De esa cifra, a España le corresponden 140.000 millones, 67.3000 millones en créditos y 72.700 que se presentan como ayudas directas, pero que son subvenciones condicionales. 

Sí, condicionales. De hecho los controles presupuestarios son bastante más draconianos en este acuerdo de lo que lo eran los rescates de la anterior crisis. Cada país tendrá que realizar un Programa Nacional de Reformas. Nada nuevo aquí tampoco, se llevan haciendo estos programas desde la fallidisima Estrategia de Lisboa de principios de los dos miles, que luego se convirtió en la Agenda 2020 y ahora, sin demasiado cambio, se convierte en la Agenda 2030 de la UE. Estos programas nacionales serán supervisados por los propios países miembros, una condición bastante más dura que la supervisión de la tristemente famosa troika, en la medida en que ya no implica a una entidad desterritorializada y deslegitimada como era esta, sino que abre la puerta a la competencia directa entre los territorios de la Unión. 

Podemos estar seguros de que los deseos de un cambio de modelo productivo, letanía que se viene escuchando desde el 2000, no van a afectar a la verdadera dimensión sustantiva de la economía europea, que no es la moneda común, sino la división continental del trabajo que asigna unas especializaciones a unos territorios y otras a otros. No quepa la menor duda de que el menor intento del Estado español por escapar a la especialización inmobiliario-financiera-turística que pueda entrar en competencia con los intereses de los países centrales será vetada. Y eso significa que  si se aplica este plan en estos términos, España seguirá estando sine die en el polo deudor, y por tanto perdedor, de los territorios europeos.

En este acuerdo no hay emisiones de deuda conjunta. Lo que hay son emisiones de deuda a cargo del marco financiero plurianual, de los presupuestos de los próximos siete años

En este acuerdo no hay emisiones de deuda conjunta. Al menos no como se ha venido reclamando en forma de eurobonos antes y de coronabonos después, al principio de la pandemia, hasta que el gobierno del PSOE y UP reventó esta posibilidad. Lo que hay son emisiones de deuda por parte de la Comisión a cargo del marco financiero plurianual, es decir de los presupuestos europeos de los próximos siete años. Esa será la duración máxima de la emisión conjunta. Emisiones que tendrán máxima calificación y serán en principio bien recibidas por unos mercados ávidos de activos seguros, pero que nada tienen que ver con una emisión del BCE de deuda mutualizada por todos los países de la UE. El propio Mark Rutte, primer ministro holandes, no tardó en decir esto mismo nada más llegar a su país: “Es una recolección de dinero excepcional para un caso excepcional”. Para más claridad, la Unión Europea promete devolver la diferencia entre lo recibido y lo aportado a los países acreedores, a la manera en que lo hizo durante años con el “cheque británico” y la PAC. Y si el programa entra en déficit, el presupuesto de la UE se encogerá progresivamente hasta la fecha de fin de este marco financiero.

Desde aquí se puede llegar a una verdadera mutualización de las deudas, cierto, pero no tiene porque ser un paso en esta dirección o no más de lo que lo fue la captación de capitales en los mercados financieros para alimentar los distintos fondos de rescate –como el MEDE, de infausto recuerdo– puestos en marcha en la anterior crisis. 

Para terminar de perfilar el cuadro de la financiación de este fondo de reconstrucción, la UE tasará las emisiones de CO2 y el uso de plásticos, un clarísimo incentivo perverso que implica que si bajasen las emisiones y el consumo de plástico, este programa necesitaría de fondos adicionales para seguir adelante, algo completamente contradictorio con la transición ecológica que pretende llevarse a cabo.

Este acuerdo para la reconstrucción vale, sin embargo, más por lo que calla que por lo que dice, otra gran tradición de los acuerdos europeos. El Pacto de Estabilidad y Crecimiento, que fija las condiciones del endeudamiento público, sigue perfectamente vigente  en la UE. Y en él no se dedica un solo euro a la sanidad pública, cuando es evidente que los confinamientos en Italia y en España –e incluso en Francia, aunque en menor medida– se deben mucho más a una oferta de sanidad pública muy inferior a la de países como Alemania o Corea del Sur que a la pandemia en sí. 

El Financial Times cifraba en más de 800.000 millones los activos en riesgo en los balances de los bancos europeos

La irrupción del virus en marzo desbordó los sistemas sanitarios de ambos países y de no ser por el confinamiento masivo los habría desbordado aún en mayor medida, provocando un aumento espectacular de la mortalidad no solo por la covid, sino también por todas las enfermedades que necesitasen hospitalización. En ese sentido, y en medio del caos de datos sobre la covid, la única cifra fiable son los 44.000 muertos por encima del régimen de mortalidad habitual en la época, ya sean por el coronavirus o no. Así, para que España o Italia pudieran dar respuesta a un aumento de la demanda similar al de esta pandemia necesitarían un sistema sanitario tres veces mayor. Esa es la diferencia con Alemania, y por tanto, los 66.000 millones de euros anuales de gasto público en sanidad deberían triplicarse. Solo con ese gasto excederíamos en más de 100.000 millones de euros anuales lo adjudicado como subvenciones condicionadas en el acuerdo. 

Simplemente presumiendo que el gasto sanitario tendrá que crecer sí o sí en los próximos meses, y sin tener en cuenta que media España pende de la resolución de los ERTEs y la otra media se ha acogido a las moratorias de hipotecas, que ya suman más de 30.000 millones de euros, ya sabemos que va a existir una crisis de deuda soberana que vendrá acompañada de una crisis inmobiliaria y, de rebote, una crisis financiera. Sin ir más lejos, el Financial Times cifraba en más de 800.000 millones los activos en riesgo en los balances de los bancos europeos. Puesto que, gracias al servicio de Nadia Calviño y Pedro Sánchez a Alemania –con sus validos de UP ofreciendo ese apoyo leal que solo ellos saben dar–, no habrá mecanismos vinculantes por los que el BCE pueda seguir con sus compras de deuda respaldadas por emisiones de eurobonos, podemos decir con casi toda seguridad que este acuerdo no pone fin a nada, sino que inicia una fase de conflicto e inestabilidad profundísima, que muy probablemente se lleve por delante a unos cuantos gobiernos europeos. Incluyendo, por supuesto, al muy gesticulante y ducho en las guerras culturales gobierno del reino de España.


Isidro López, Sociólogo. Miembro del colectivo de investigación militante Observatorio Metropolitano. Es diputado autonómico por Podemos en Madrid desde junio de 2015.

Fuente

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