Europa, entre la mascarilla y el enmascaramiento

Los límites de la Unión Europea

Europa entre la mascarilla y el enmascaramiento

El plan de recuperación viene a tratar de salvar el lugar del continente en el mundo cuando el eurocentrismo es insostenible, aunque a los europeos les cueste desprenderse de esa propia imagen tan trasnochada como indefendible

José Antonio Pérez Tapias

¿Solidaridad o intereses? ¿Incompatibles, complementarios, cómo se conjugan, dónde se halla la primacía…? Son preguntas que emergen en esta accidentada península que Eurasia tiene en su extremo occidente, que ha podido comprobar cuáles son sus confines durante la pandemia de covid-19 que la ha azotado en los últimos meses –como a tantas otras partes del mundo– y que sigue haciendo valer su látigo con los amenazantes rebrotes de contagios que afloran por doquier. Sumando confinamientos en sus diferentes países, la “provincia europea” ha constatado cuáles son sus límites. No nos referimos meramente a los geográficos, sino a los económicos y políticos, cuando en la angostura del espacio europeo ha habido que hacer frente a una inesperada crisis sanitaria, con su cara más trágica en las decenas de miles de muertos acumulados en las morgues de muchas de nuestras ciudades. El gigante económico que es la Unión Europea, con su pesada maquinaria política, no sólo recibió –como tantas veces se ha dicho– una fuerte cura de humildad de la que aún andamos convalecientes; se sometió sin que le preguntaran a una dosis de caballo del más crudo realismo. Es verdad que, en cuanto se pudo, se anunció la inminente llegada de una “nueva normalidad”, sin reparar en que cualquier normalidad de la que se hablara era ansiada por cuanto reprodujera la vieja, lo cual incrementaba el fiasco de una realidad que de momento no es como antes, aunque se quiera. La economía, por ahora, no lo permite; y la política, desde las etapas más crudas de la crisis sanitaria, ya pudo entrever que algo cambiaba, no se sabía hacia dónde. Cuando en medio de la fase más letal de la pandemia a Italia le llegó ayuda de Rusia, de China… ¡y de Cuba!, eso mismo anunciaba que Europa en sus confines se enfrentaba a una situación nueva en la que su tradicional aliado, los EE.UU., estaba ausente y donde a la alianza de defensa por excelencia, la OTAN, no se la esperaba.

Una Europa descolocada en el mundo trata de recolocarse bajo la bandera de la solidaridad intraeuropea

En medio de la pandemia, algunas luces de alarma se encendieron en los mapas geopolíticos de las cancillerías europeas, todavía con olor a naftalina eurocéntrica, pero conscientes a la fuerza de que el viejo eurocentrismo, eso que fue tan moderno, era una ridiculez planetaria. Fueron aquellas lucecitas de alarma las que en unos meses se trocarían por los focos que han iluminado un millonario Plan de recuperación a escala europea, generado desde la misma Unión Europea –cosa antes no vista que lleva a hablar de “hecho histórico”–, por el cual los europeos nos felicitamos y nuestros gobernantes coleccionan merecidos aplausos. Una Europa descolocada en el mundo trata de recolocarse bajo la bandera de la solidaridad intraeuropea. Los confines son determinantes.

Después de apretadas negociaciones en el Consejo Europeo durante cinco días con sus noches –es la escenografía habitual, como si un acuerdo que no sea in extremis viera rebajado su valor–, la fumata blanca del Plan de recuperación para Europa permitió que en su mástil de humo benéfico se izara la estrellada bandera azul en la madrugada inolvidable del pasado 21 de julio. La más que respetuosa cantidad de 750.000 millones de euros bien merecía todos los honores, máxime cuando tal monto respondía a una fundada demanda de solidaridad que efectivamente se canalizará hacia los países de la Unión Europea más perjudicados por la pandemia; no sólo en vidas de sus ciudadanos y ciudadanos, sino también, por la misma crisis sanitaria, más dañados en sus economías y en sus dinámicas sociales. Tal solidaridad, por lo demás, se presentaba a la vez como indispensable para salvar la cohesión de una organización supraestatal que ante las respectivas ciudadanías de sus Estados miembros no podía aparecer desentendiéndose de ellas y ahondando líneas de fractura entre unos países y otros. Siendo esa solidaridad intraeuropea el dique contra una avalancha más que posible de economías en quiebra, cual pandemia incluso de “coronahambre” a riesgo de cebarse sobre amplias capas de la población, vale considerar el Plan de recuperación acordado como una gran mascarilla para impedir contagiosas catástrofes económicas con graves amenazas de consecuencias socialmente letales.

La mascarilla, metáfora de la solidaridad

La mascarilla que portamos millones de ciudadanas y ciudadanos como práctica de autoprotección y gesto de responsabilidad solidaria –no olvidamos los preocupantes casos de irresponsabilidad que supone el desprecio de su uso– la podemos considerar a la vez como metáfora de una Europa solidaria. Hasta los mismos dirigentes del Consejo Europeo se cuidaron de utilizar mascarillas, conscientes de su eficacia preventiva y su valor icónico. Por encima de las mascarillas, las miradas de los presidentes de gobierno de Italia y España, fuertemente castigados por el coronavirus, dejaban ver sus sonrisas de satisfacción por la tabla de salvación que el Plan va a suponer para nuestros países. También, aunque su economía no se haya visto tan maltrecha, para Francia, con su presidente Macron pudiendo ufanarse del resultado conseguido, haciendo valer su papel para dicho logro en momentos especialmente difíciles para él, como se ha reflejado en las últimas elecciones en la vecina república.

El presidente del gobierno de España, Pedro Sánchez, pudo presentarse ante la prensa y ante el parlamento con motivos para celebrar un éxito negociador que no le era ajeno. Las felicitaciones se expresaban a la par que se comentaba en los medios de comunicación la oportunidad de oro que iban a suponer los 140.000 millones de euros destinados por el Plan a España para los próximos tres años a partir de 2021. El desglose de cifra tan abultada entre los 67.300 millones que nos llegarán como créditos y, en especial, los 72.700 millones que se nos entregarán como ayudas “a fondo perdido” –aunque para provechos que han de verse contrastados– es razón suficiente para congratularnos, pues además de lo que todo ello supone para reducir el déficit y aminorar la deuda del Estado español, va a permitir financiar una recuperación con las miras puestas en proyectos de transformación energética, de digitalización de la economía, de actividad empresarial vinculada al ámbito biosanitario, de infraestructuras de comunicación… Todo ello puesto negro sobre blanco en un Programa Nacional de Reformas cual hoja de ruta a seguir. La invocada necesidad de retomar una política industrial que se ha evidenciado como indispensable, sacándola del limbo a donde la mandó una mala doctrina y peor práctica de lo que suponía la integración en la Comunidad Económica Europea y luego Unión Europea, encuentra en el Plan para la recuperación una serie de mimbres que pueden ser beneficiosos para tal objetivo.

Si para las felicitaciones no hay que escatimar generosidad, tampoco el lógico entusiasmo ha de instalarnos en ninguna posición ilusa. Cualquier mirada crítica, aun congratulándose por un acuerdo que era tan necesario como difícil, puede acudir al refrán castizo de que nadie da duros a cuatro pesetas –en verdad apenas inteligible para quienes ya nacieron con el euro–, y preguntarse por cuáles son los compromisos contraídos que quedan amarrados por la “letra chica” del pacto alcanzado. Por otra parte, la misma trama desplegada a ojos vista durante el complejo proceso que ha desembocado en el acuerdo en torno al Plan muestra los antagonismos existentes en la Unión Europea, que no desaparecen por un pacto con cesiones a múltiples bandas, entre otras cosas para que la misma Unión no zozobrara. Después de la inacabada galerna desencadenada por el coronavirus, la nave europea, que ya venía tocada, no está para aguantar sin más muchas tormentas.

Los países del sur de Europa, por tanto, no dejaremos de estar bajo la mirada escrutadora de un norte que no deja de sospechar de nosotros

A nadie se le ha escapado que la divisoria principal que sigue existiendo en la Unión Europea es la de delimitar norte y sur en su seno. Ahora, cuando ya no era cuestión de aplicar medidas democidas –lo de “austericidas” fue un mal invento terminológico– para afrontar la crisis actual, muy diferente de la de 2008 en adelante por cuanto no ha sido achacable a malas políticas económicas de los países más afectados, tampoco era pertinente traer a la memoria aquel acrónimo de PIGS con que se rotuló a los países del sur europeo. Aunque para hablar de solidaridades los del norte se han autodesignado ahora como “frugales”, lo cual no deja de recordar la anterior denominación estigmatizante de los del sur por cuanto quedamos contrapuestos a aquellos como indolentes y derrochones, según tópico no erradicado. Con razón mi muy estimado filósofo marxista Ernst Bloch decía que los europeos del norte no podían presentarse inocentemente alardeando de su ascetismo, pues éste llega despojado de toda ingenuidad por el mismo emparejamiento de protestantismo y capitalismo que históricamente lo ha alimentado. Así es especialmente en los Países Bajos del Mark Rutte que tan a gusto ha jugado el papel de duro desde el trasfondo de una cultura marcada por el protestantismo ascético, es decir, el calvinismo que Max Weber puso bajo su lupa en La ética protestante y el espíritu del capitalismo. Los países del sur de Europa, por tanto, no dejaremos de estar bajo la mirada escrutadora de un norte que no deja de sospechar de nosotros, y no sólo porque subjetivamente guarden recelos, sino porque además se sienten respaldados por unas realidades económicas que marcan la distancia entre esas distintas latitudes europeas. Se oculta que los Países Bajos, por ejemplo, juegan tramposamente en la Unión con una laxa política fiscal ventajista que perjudica a los demás socios y que detrae recursos para las mismas arcas comunitarias. Pero eso se acalla para que la orquesta no suene desafinada.

Intereses tras su máscara

Hablando de un Plan para la recuperación de Europa que ha salido exitosamente adelante hay que reconocer que, como resultado, se trata de una partitura en cuya gestación e interpretación han intervenido muchas voces, desde la del italiano Conte hasta la de la presidenta finlandesa Sanna Marin –no por socialdemócrata ha dejado de jugar en el bando de los “frugales”–, pasando por la de Pedro Sánchez, tácticamente silencioso en la última etapa de las negociaciones. Siendo un coro tan heterogéneo, el que cada cual acabara desempeñando su papel se debe, sin duda, a la batuta de Angela Merkel. La canciller alemana, al frente de la Unión este semestre, no ha dejado de medir continuamente tempos y movimientos, velando por el equilibrio entre “frugales” y “no frugales” para no llegar a ese punto en que se concluyera que algo se rompió, sino, al contrario, a ese otro en el que se afirmara que algo se ganó. Si alguien, exagerando por mor de tener contenta a la peña doméstica, dijo que había ganado la Europa de Sánchez frente a la Europa de Rutte, hay que matizarle la observación señalando que en verdad ha ganado la Europa de Merkel. Esta vez Alemania no podía dejar de jugar a fondo su papel, contando con que no tenía que ser de un modo negativo que supusiera, como otrora, moverse desde la penumbra de un Banco Central Europeo teledirigido por el Bundesbank, sino que podía desempañarlo abiertamente ejerciendo un liderazgo legitimado en términos de solidaridad.

En el patio de nuestra política nacional se ha comparado –así lo ha hecho nuestro presidente del gobierno– el Plan recién aprobado con el Plan Marshall aplicado a Europa occidental tras la II Guerra Mundial. La comparación no tiene muchos agarraderos para ser sostenida, pues ahora es la misma Europa la que financia el plan diseñado, asumiendo la Unión como tal la deuda que el mismo supone –con la contrapartida de la negativa a los eurobonos/“coronabonos” como títulos de deuda común europea para cubrir la de los Estados miembros endeudados por las coberturas y estímulos económicos que han tenido que asumir. No obstante, el caso es que algún parecido permite cierta analogía, pues si aquel plan posbélico, entre otros motivos, perseguía evitar que los países de Europa occidental quedaran de alguna forma supeditados a la órbita de la URSS, sabiendo los EE.UU. que su coste era inversión para un largo plazo que jugaría a favor de su hegemonía mundial durante medio siglo, este plan europeo en este momento crítico de comienzos del XXI viene a tratar de salvar el lugar de Europa en el mundo cuando ya el eurocentrismo es insostenible, aunque a los europeos les cueste desprenderse de esa propia imagen tan trasnochada como indefendible. ¿Cómo hacer que grandes empresas europeas, atosigadas por déficits y deudas, no fueran a caer en las redes del capital chino? ¿Cómo defender a Europa de las envolventes rusas, empezando por las energéticas? ¿Cómo eludir el castigo de los mercados a economías debilitadas y fuertemente endeudadas? La geopolítica del mercado global, aún en fase de cierta retracción de éste a causa de la “globalización de la enfermedad”, obliga a la Unión Europea a velar por sus intereses de cara al futuro en sus provincializados confines.

Si alguien dijo que había ganado la Europa de Sánchez frente a la Europa de Rutte, hay que matizarle señalando que en verdad ha ganado la Europa de Merkel

La bandera de la solidaridad, enarbolada con alivio más que razonable, se yergue sin embargo sobre una trama de intereses que no cabe desconsiderar. Lo que para unos es el primum vivere que huye del empobrecimiento y el hambre –la sombra del paro es aplastante–, para otros es la materialidad de intereses económicos que juegan sus bazas. Los Estados nacionales, revalorizados en su papel al hacer frente a la crisis sanitaria en cada uno de los países, son instrumentos indispensables para lo primero, vía políticas sociales, y piezas de intermediación para lo segundo, con una diferenciación de funciones en cuanto a gestión de intereses tan nítida en cada terreno nacional de juego como clara va a ser la orientación que la recuperación tome en unos países u otros a tenor de cómo muevan sus cartas a través de la misma Unión Europea para resituarse en el mercado global. La diferenciación norte-sur dentro de Europa tiene connotaciones neocoloniales de centro y periferia y ello no va a desaparecer por ensalmo solidario.

Como debemos ser entusiastas, pero no ilusos, hay que tener presente que aquello que no va a desaparecer, pero tampoco va a quedar desvelado, es lo que seguirá en cierto reino de sombras. Cabe decir: quedará ahora enmascarado, con la opacidad que permite la misma mascarilla de la solidaridad europea. Los especialistas en los vericuetos técnicos de los laberínticos documentos económicos de la Unión Europea ya nos han advertido de algunos elementos que no hay que menospreciar. Las famosas “recomendaciones” –¡ojo a ellas!–, que de entrada no obligan normativamente, encierran orientaciones que de hecho se convertirán en constriñentes líneas de actuación, poco menos que como condicionalidades, aunque no formuladas como tales, lo cual sería ahora políticamente incorrecto. Por tanto, una vez recomendado el mantener la reforma laboral del gobierno de Rajoy en España respecto a la cual los voceros neoliberales no se cansan de cantar sus alabanzas, ¿cómo se va a acometer la reforma de la reforma o, si el PSOE se atuviera al pacta sunt servanda, cómo se procedería a su derogación? ¡Pillen esa mosca, tan a modo de ejemplo! Podríamos seguir con el tema pensiones, o con criterios recomendados para reformas de sistemas sanitarios. Si las recomendaciones no se cumplen a opinión de cualquier Estado miembro, éste puede llevar el asunto en lo que al Estado incumplidor se refiera, pasando por determinados órganos de evaluación, al mismo Consejo Europeo para tratar de “reconducir” el curso de las cosas. Tal proceder es lo que se llama “freno de emergencia” y aunque se confía que no llegará a ser paralizante para nadie, basta su existencia para que ésta se interiorice y, con ella, incluso normas no escritas que son las que hacen innecesarios “hombres de negro” ya que el policía del rigor económico al modo neoliberal lo tenemos dentro. Como seguimos teniendo dentro de nuestra Constitución el reformado artículo 135, de triste redacción, como recordatorio de que el Pacto de Estabilidad y Crecimiento al que se remite, y actualmente “en suspenso” porque a los mismos grandes de la Unión les conviene, va a continuar sobre nuestras cabezas como instrumento de férreo control presupuestario.

La tarea, pues, para conducir políticamente la aplicación del Plan para la recuperación hacia objetivos verdaderamente transformadores, que no sean mera traslación de escala de los parámetros neoliberales sufridos, va a ser ardua y, a veces, conflictiva. Por eso es indispensable, desde el punto de salida en que estamos –no es punto cero, pues no existe nada así en la historia, por mucho que se hable de fechas “históricas”–, tener en cuenta la advertencia de Axel Honneth, uno de los representantes actuales de la Teoría Crítica, al analizar la frecuente paradoja que se presenta en la política cuando prácticas encaminadas a superar una situación acaban siendo instancias legitimadoras de procesos que terminan reforzando la situación que se quería superar. Es decir, pudiera ser que la solidaridad activada fuera la coartada legitimadora del rearme económico de una Europa neoliberal. Lo enmascarado se serviría astutamente de la mascarilla.

Dada la complejidad del momento vivido y de los procesos en marcha no está de más, cuando se saborean las mieles del éxito –no sin dejar atrás muchas desgracias– no perder de vista las causas de nuestros desastres, y no sólo las naturales. Nuestra María Zambrano, la que escribió sobre “la agonía de Europa”, hacía notar también lo riesgosos que son los caminos que llevan de la catástrofe al “éxtasis”, porque pueden ser reversibles. Hay síntomas preocupantes de cómo podemos desviarnos: los “frugales”, incluyéndose Alemania entre ellos, se han preocupado de computar en sus cálculos el “cheque” para ir resarciéndose anualmente, al modo de lo que fue desde Thatcher el “cheque británico”, de sus aportaciones a la caja común… ¿Se ha oído algo sobre lo que el Plan para la recuperación de Europa contemple respecto a la cuestión migratoria? Vuelve a ser piedra de toque que nos dirá si en la recuperación que se promueva primará la solidaridad de democracias inclusivas o los intereses de un remozado capitalismo excluyente. 

José Antonio Pérez Tapias, Es catedrático y decano en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Granada. Es autor de ‘Invitación al federalismo. España y las razones para un Estado plurinacional'(Madrid, Trotta, 2013).

Fuente

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