Attac en Aragón https://www.attacaragon.es Web de Attac en Aragón Sat, 08 Aug 2020 06:44:11 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=5.4.2 https://i0.wp.com/www.attacaragon.es/wp-content/uploads/2020/07/cropped-Icono-Web-Attac-en-Aragon.jpg?fit=32%2C32&ssl=1 Attac en Aragón https://www.attacaragon.es 32 32 179879403 El «cuarteto temible» y el «poder de mercado https://www.attacaragon.es/el-cuarteto-temible-y-el-poder-de-mercado/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=el-cuarteto-temible-y-el-poder-de-mercado Sat, 08 Aug 2020 06:44:09 +0000 https://www.attacaragon.es/?p=19011 Durante la pandemia en un sólo día Jeff Bezos (dueño de Amazón) ganó 13 mil millones de dolares por Michael Roberts, economista marxista británico El mes pasado, los gigantes de la tecnología global con sede [...]

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Durante la pandemia en un sólo día Jeff Bezos (dueño de Amazón) ganó 13 mil millones de dolares

por Michael Roberts, economista marxista británico

El mes pasado, los gigantes de la tecnología global con sede en EE.UU. reportaron sus ganancias trimestrales simultáneamente.  El mismo día, la economía estadounidense registró la mayor contracción trimestral de la historia en la producción nacional (-9,5% interanual o -32,9% anualizado).

En contraste, el ‘temible cuarteto’: Alphabet (Google el mayor motor de búsqueda del mundo) Amazon (el mayor distribuidor en línea del mundo) Apple (el mayor fabricante de ordenadores y teléfonos móviles del mundo) y Facebook (el mayor proveedor de redes sociales del mundo) registraron un crecimiento de dos dígitos durante los tres meses que terminaron en junio, alcanzando un beneficio combinado de 33.900 millones de dólares sólo en el segundo trimestre.

Mientras que la economía de los Estados Unidos y del mundo se ha visto sumida en la más profunda depresión desde la década de 1930 por la pandemia de la COVID-19, las empresas tecnológicas más importantes del mundo han seguido prosperando.

Sus ingresos han aumentado y el precio de sus acciones (capitalización bursátil) subió a 178.000 millones de dólares al día siguiente de la comparecencia en el Congreso. Su valor en el mercado llegó a los 5 billones de dólares, es decir el 25% del PIB de los Estados Unidos. 

Jeff Bezos (El CEO de Amazon) obtuvo el mayor aumento de riqueza jamás registrado para sólo un individuo. En un solo día, su fortuna aumentó en 13.000 millones de dólares. Con las tendencias actuales, está en camino de convertirse en el primer trillonario del mundo para 2026.

Al mismo tiempo que estos resultados salieron a la luz, el “temible cuarteto” fue «interrogado» por un comité del Congreso de los Estados Unidos sobre sus nefastas prácticas en el trato con los competidores, su «poder de mercado» y su posición de monopolio en el sector más rentable de la economía de los Estados Unidos.  El Comité Judicial publicó 1.300 documentos que mostraban sus intentos de aplastar a los competidores, comprarlos o excluirlos de los mercados.

Por ejemplo, el director de Facebook, Mark Zuckerberg, envió  hace poco un correo electrónico en el que dice:» vemos las adquisiciones como una forma efectiva de neutralizar a  potenciales competidores». Para este personaje las empresas de nueva creación  deben saber que si rechazan una compra por parte de Facebook “entraremos en modo de destrucción».

Los conocedores de Google afirman que el camino elegido por este monopolio es el llamado «jardín amurallado». Según un ejecutivo de Google, «la web abierta que conocíamos y amábamos se acabó».

En el mundo hay una campaña para frenar estas compañías «superestrellas» y terminar con su poder de monopolio en el mercado. Pero esto no es nuevo en la historia del capitalismo.  Las empresas exitosas en los campos en expansión de la acumulación capitalista han crecido de pequeñas a grandes y eventualmente a posiciones de monopolio: ferrocarriles, petróleo, vehículos de motor, finanzas y telecomunicaciones. 

Un ejemplo es la Estándar Oil . Rockefeller que dirigió la compañía hasta su retiro en 1897, siguió siendo el principal accionista y después de 1911 (con la disolución del fideicomiso de Standard Oil en 34 compañías más pequeñas) se mantuvo como la persona más rica de la historia moderna. Los ingresos de estas empresas individuales resultaron ser mayores que los de una sola gran compañía grande. Sus sucesores como ExxonMobil, Marathon Petroleum, Amoco y Chevron siguen estando entre las empresas con mayores ingresos en el mundo.

En 1984, AT&T era el principal proveedor de telecomunicaciones. El monopolio se dividió en siete compañías regionales.  Pero AT&T continuó obteniendo enormes beneficios al igual que sus sucesores.  La desintegración del «poder de mercado» no sirvió para mejorar la competencia o la productividad o, lo que es más importante, los ingresos laborales.

El fin del «poder de mercado» de las compañías monopólicas no hará que se detenga la baja productividad de la economía estadounidense, ni tampoco reducirá la desigualdad de los ingresos y de la riqueza en los Estados Unidos. 

Investigaciones recientes de los economistas del FMI han descubierto que la tendencia a la baja de la participación de la mano de obra en el ingreso mundial desde principios del decenio de 1990 se debe principalmente al «progreso tecnológico», ya que los trabajadores fueron sustituidos por tecnologías que permite ahorrar mano de obra – en particular en las denominadas «ocupaciones de rutina».

El análisis empírico apunta a un papel dominante de la tecnología y la integración mundial a esta tendencia, entre las economías de mercado avanzadas y las emergentes – aunque en distinto grado.

El progreso tecnológico, que se refleja en el pronunciado descenso del precio relativo de los bienes de inversión, ha sido el principal impulsor en las economías avanzadas. La reducción del empleo en las ocupaciones rutinarias que podrían automatizarse, en las que la integración mundial también desempeña un papel, aunque de menor envergadura».  El aumento de la desigualdad es el resultado de la acumulación capitalista «normal» y de la apropiación de los beneficios mediante la explotación de la mano de obra y la tecnología de ahorro de mano de obra.

Y sin embargo, el concepto de «poder de mercado» persiste en algunos economistas de izquierdas como la explicación de lo que está mal en el capitalismo norteamericano y mundial.

Tomemos este reciente artículo en Jacobin de la periodista económica Grace Blakeley: «muchas de las mayores empresas tecnológicas del mundo se han convertido en oligopolios globales y monopolios domésticos. La globalización ha jugado un importante papel porque muchas empresas nacionales simplemente no pueden competir con las multinacionales globales. Pero estas empresas también utilizan su tamaño relativo para reducir los salarios, evitar los impuestos, y desvalijar a sus proveedores, igualmente presionan a los gobiernos para que les den un trato preferencial».

Blakeley sostiene que Amazon se ha convertido en la mayor empresa de Estados Unidos por medio de «prácticas anticompetitivas» que la han llevado a tener problemas con las autoridades de competencia de la Unión Europea. Las prácticas en sus almacenes son manifiestamente espantosas. Un estudio del año pasado reveló que Amazon es una de las empresas “más agresivas en la evasión de impuestos del mundo”.

Parte de la razón por la que Amazon tiene que trabajar duro para mantener su posición de monopolio es que su modelo de negocio se basa en efectos de red que sólo se obtienen a cierta escala, argumenta Blakeley. Las empresas tecnológicas como Amazon ganan dinero monopolizando y luego vendiendo los datos generados por las transacciones en sus sitios.

Y el creciente poder de mercado de un pequeño número de grandes empresas ha reducido la productividad. «Esta concentración también ha limitado la inversión y el crecimiento de los salarios, ya que estas empresas simplemente no tienen que competir por la mano de obra, ni se ven obligadas a innovar para superar a sus rivales».

Mucho de lo que Blakeley dice aquí es verdad.  Sin duda, muchos de los mega beneficios de empresas como Apple, Microsoft, Netflix, Amazon, Facebook se deben a su control sobre las patentes, su fuerza financiera (crédito barato) y la compra de competidores potenciales. 

De hecho, Microsoft está ahora en conversaciones para comprar TikTok, que es propiedad de la empresa china Byte-Dance, con el objetivo de debilitar a este último gran rival de las empresas súper-estrellas. Pero la explicación del poder de mercado o del monopolio es más complejo. Las innovaciones tecnológicas también explican el éxito de estas grandes empresas.

Marx consideraba que había dos formas de renta en una economía capitalista.  La primera era la «renta absoluta», en la que la propiedad monopólica de un activo (la tierra) podía significar la extracción de una parte de la plusvalía sin necesidad de invertir en mano de obra y maquinaria para producir mercancías. 

Pero la segunda forma que Marx llamó «renta diferencial» surge de la capacidad de algunos productores capitalistas de vender a un costo inferior al de los productores más ineficientes. De esta manera extraen un excedente de beneficios, que puedan impedir que otros adopten técnicas de costo aún más bajo. Estas empresas capitalistas logran sus fabulosas ganancias bloqueando el mercado, empleando economías de escala en la financiación, controlando las patentes y haciendo tratos con los cárteles. Esta renta diferencial se obtiene en la agricultura mediante un mejor rendimiento de la tierra (explotación  de la naturaleza), pero en el capitalismo moderno, es  través de una «renta tecnológica»; es decir, monopolizando la innovación tecno-científica.

La historia del capitalismo es la historia de la “concentración y centralización” del capital, pero la competencia sigue jugando un rol principal en el movimiento de plusvalía entre los dueños del capital (dentro de las economías nacionales y a nivel mundial).

La sustitución de los antiguos productos por otros nuevos reduce o elimina a largo plazo las ventajas de los monopolios.  El mundo monopolístico de General Electric  y de los fabricantes de automóviles no permaneció cuando las nuevas tecnologías crearon nuevos sectores para la acumulación de capital.  También, los gigantes del petróleo están ahora bajo la amenaza de nuevas tecnologías. El mundo de Apple no durará para siempre.

Además, por su propia naturaleza, el capitalismo, basado en «muchos capitales en competencia”, no puede tolerar ningún monopolio «eterno», tampoco un excedente de beneficios «permanente».  La interminable batalla para aumentar el beneficio y la cuota de mercado hace que los monopolios estén continuamente bajo la amenaza de nuevos rivales, nuevas tecnologías y competidores internacionales.

Como Marx argumentó en el Volumen Uno de Capital hace 150 años, es cierto que la acumulación de capital toma la forma de una mayor concentración y centralización del capital a lo largo del tiempo.  Las tendencias monopólicas son inherentes al capitalismo, sin embargo, el «poder de mercado» puede haber entregar beneficios muy grandes a algunas empresas pero esto ocurre porque los monopolios se redistribuyen el beneficio a sí mismos en forma de ‘renta’.

Kathleen Kahle y René Stulz descubrieron que algo más de 100 empresas de EEUU obtuvieron alrededor de la mitad de los beneficios totales en 1975. Para 2015, sólo 30 lo hicieron. Ahora las 100 principales firmas tienen el 84% de todas las ganancias, el 78% de todas las reservas de efectivo y el 66% de todos los activos.

Esto significa que las 200 compañías con mayores ganancias están en mejor lugar que todas las empresas que cotizan en la bolsa.  De hecho, las ganancias agregadas de las 3.50 compañías que cotizan en la bolsa son negativas a pesar que están inundadas en dinero en efectivo.

Los beneficios NO son el resultado del grado de concentración monopólico como sostienen las teorías neoclásicas y keynesianas , al contrario son el resultado de la explotación de la mano de obra. La ley de Marx de la rentabilidad sigue siendo fundamental para una economía capitalista.

Justo antes de que la pandemia golpeara la economía mundial, las principales economías capitalistas ya se dirigían a una nueva recesión- la primera desde la Gran Recesión de 2008-9.  La rentabilidad del capital estaba cerca de sus mínimos históricos; un 20% de las empresas estadounidenses y europeas sólo obtenían beneficios suficientes para cubrir los intereses de su deuda.

La tasa de crecimiento del PIB real había bajado a su nivel más bajo desde 2009 y la inversión empresarial estaba estancada.  Se avecinaba una recesión mundial; y esto tenía poco que ver con el «poder de mercado» de las FAANG; y mucho que ver con la incapacidad del capital para explotar suficientemente mano de obra.

Pero esto es algo que la economía convencional (tanto neoclásica como keynesiana) nunca quiere considerar.  Para la corriente principal, cuando los beneficios son altos es producto del «poder del monopolio» y no del aumento de la explotación de la mano de obra. 

De este modo argumentan : es el poder de monopolio el que mantiene el crecimiento de la inversión bajo y no la baja rentabilidad general. Entonces, si  aceptamos el argumento del «poder de mercado» todo lo que se necesitaría es debilitar su poder, terminando con los monopolios y restaurando la «competencia» y no terminar con el modo de producción capitalista.

En su artículo en la revista Jacobin , Blakeley concluye: «la única manera real de abordar estas desigualdades es democratizar la propiedad de los medios de producción, y empezar a devolver al pueblo las decisiones claves de nuestra economía».  Perfecto, pero no estoy seguro lo que quiere decir específicamente: ¿trabajadores en los consejos de administración al estilo alemán?, ¿acciones para los empleados?, ¿regulación?

Todas esas medidas han fallado en el pasado para «devolver las decisiones claves al pueblo».  En el artículo, Blakeley aboga por un impuesto sobre el patrimonio. Pero un impuesto de este tipo no contribuiría a «democratizar la propiedad de los medios de producción».

La verdadera solución al “poder de mercado” de empresas como Apple, Microsoft, Amazon, Facebook, Google, Netflix, etc., es hacerlas de propiedad pública para que sean administradas por consejos y gerentes elegidos democráticamente, provenientes de los trabajadores de esas empresas, de organismos de consumidores, sindicatos y gobierno. 

El “cuarteto temible” se acabaría. Los miles de millones que «poseen» a través de las acciones se perderían de la noche a la mañana. Las prácticas nefastas de estas empresas se detendrían y los escándalos en los medios de comunicación social terminarían. 

Y lo más importante, los servicios clave que estas empresas proporcionan (como bien lo ha revelado la pandemia) podrán ser suministrados (¡a bajo costo sin publicidad!) para satisfacer las necesidades sociales, no para obtener mega- beneficios.

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Financiemos con el MEDE un Plan urgente de mejora del sistema sanitario público y de las políticas preventivas de salud pública https://www.attacaragon.es/financiemos-con-el-mede-un-plan-urgente-de-mejora-del-sistema-sanitario-publico-y-de-las-politicas-preventivas-de-salud-publica/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=financiemos-con-el-mede-un-plan-urgente-de-mejora-del-sistema-sanitario-publico-y-de-las-politicas-preventivas-de-salud-publica Fri, 07 Aug 2020 07:04:41 +0000 https://www.attacaragon.es/?p=19007 Javier Doz Pedro Sánchez, en la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros del martes 4 de agosto, a preguntas de un periodista, descartó prácticamente la idea de pedir dinero prestado al MEDE (Mecanismo Europeo de [...]

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Javier Doz

Pedro Sánchez, en la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros del martes 4 de agosto, a preguntas de un periodista, descartó prácticamente la idea de pedir dinero prestado al MEDE (Mecanismo Europeo de Estabilidad). Lo despachó diciendo que los préstamos del MEDE sólo se puede pedir para gastos sanitarios y que no hacía falta, después de recordar que sí se va a pedir dinero al SURE (siglas en inglés del programa denominado “Apoyo para mitigar los riesgos de desempleo en una emergencia”), unos 20.000 millones de euros, para la financiación de los ERTE y subrayar que, a pesar de lo que diga la oposición, “eso no es un rescate”. Creo que es un error no pedir dinero prestado al MEDE. Y que el error viene motivado por evitar las críticas de la oposición que diría, falsamente como en tantas otras cuestiones, que España estaría siendo “rescatada”.

Los motivos por los que creo que es un error no acudir al MEDE son:

1. Se obtendría una financiación más barata que la que proporcionan los mercados de deuda, aún siendo el tipo de interés del bono español a diez años en el día de hoy del 0,28%. El MEDE, que está deseoso de que le pidan prestado, ha calculado que si España pidiera la totalidad de la cantidad a la que podría aspirar, unos 24.000 millones de euros (el 2% del PIB español) el ahorro sería de unos 1.300 millones respecto a la financiación obtenida en los mercados de deuda pública. Y lo más importante: como el MEDE consigue financiación a tipos negativos, la trasladaría a los préstamos a los Estados miembros de la UE que lo solicitaran. Contando con la pequeña comisión de apertura y la comisión anual y un tipo de interés del 0,1%, el MEDE, por financiarse a tipo claramente negativos, puede conceder los préstamos a tipos de interés también negativos, comprendidos entre el -0,12% y el -0,26%, según los plazos de devolución. Es decir, no conllevarían carga financiera alguna y habría que devolver un poquito menos de lo que se pide prestado.

Al Gobierno de España le diría que pidiese al MEDE lo que sea necesario para financiar tanto los gastos de inversión como los gastos corrientes de un Plan ambicioso

2. Es la única financiación de la UE que puede recibirse ya en 2020, en cuanto se cumplan con los trámites de solicitud y concesión. La decisión la adoptarían el Consejo de Administración y el Consejo de Gobernadores del MEDE. Este último está formado por los ministros de finanzas de la zona euro y está presidido por el presidente del Eurogrupo. Los préstamos y subvenciones del Plan de Recuperación Nueva Generación UE (PRNG UE), los famosos 140.000 millones que le corresponden a España, no comenzarán a llegar a las arcas de nuestro Tesoro hasta el segundo semestre de 2021 y su recepción se prolongará hasta 2026. Comienzo tardío y plazo demasiado extenso para contribuir bien a una recuperación rápida de las economías europeas más dañadas por la brutal recesión causada por la pandemia de la Covid-19. Para acceder a las subvenciones y préstamos del PRNG hay que elaborar y presentar primero el Plan Nacional de Recuperación y Resiliencia e insertarlo en los Presupuestos Generales de Estado para 2021 y años siguientes. Y lógicamente, que ambos instrumentos sean aprobados, el primero por la Comisión Europea y el Consejo Europeo, y ambos por el Parlamento de España. Como muy pronto, en diciembre de 2020.

3. Pedro Sánchez ha cometido, a mi juicio, un error diciendo que no son necesarios para financiar los gastos sanitarios derivados de la pandemia. Por un lado están las necesidades más inmediatas que estamos viendo que no cubren las Comunidades Autónomas. Las más urgentes, las de incremento de las plantillas de profesionales sanitarios en la asistencia primaria y las derivadas de la formación de equipos de rastreadores debidamente formados. Por cierto, creo que hay que decir que es una grave irresponsabilidad política la que están demostrando los gobierno de algunas Comunidades autónomas, en particular los de Cataluña y Madrid, por no poner todos los medios necesarios para rastrear, aislar y eliminar los focos de contagio. Se sabía lo que había que hacer y no se ha hecho; y ahora asistimos a un repunte inquietante de la curva de contagios de la pandemia que ya, por lo pronto, ha acabado por arruinar las expectativas del sector  turístico en este verano. En Madrid y en Cataluña se han tenido sólo un rastreador por 47.000 o 37.000 habitantes, cuando había que haber tenido uno por cada 5.000, al menos (Alemania tiene uno por 3.000). También me parece criticable la relativa pasividad del Gobierno de España por no intervenir con unas directrices claras al respecto y con las ayudas económicas que las comunidades autónomas necesitasen.

4. Por supuesto que haría falta una financiación europea para un Plan de medidas urgentes de mejora del sistema sanitario público y de las políticas de salud pública para prevenir la pandemia de la Covid-19. Porque a las necesidades más urgentes de la atención primaria y de los grupos de rastreadores que he comentado, hay que añadir la mejora general de la infraestructura, los equipamientos, las plantillas y los suministros que necesitan las redes hospitalarias públicas de las comunidades autónomas. Éstas todavía no se han recuperado de los indeseables recortes que sufrieron por la aplicación de la nefasta política de austeridad extrema impuesta por los responsables políticos de de la UE para hacer frente equivocadamente a la Gran Recesión. Recortes que comenzó a aplicar el Gobierno de Zapatero y culminó con gran profundidad el de Mariano Rajoy. A esto habría que añadir las medidas sociales de prevención de la pandemia que van desde la realización masiva de test, a las que se deberían realizarse en todos los aeropuertos, o las que habría que aplicar en los centros de enseñanza para garantizar la educación presencial con distancia social.

5. Los préstamos de la línea de crédito del MEDE contra la pandemia del coronavirus (240.000 millones) pueden financiar los gastos sanitarios “directos e indirectos ligados a la pandemia”. No están sometidos a la firma de ningún memorando de condiciones ni a ningún tipo de condición específica para un país. Sólo a las generales de sostenibilidad financiera a largo plazo, pero en un momento en que está vigente, y seguirá estando casi seguro hasta 2022, la cláusula general de suspensión de las condiciones del Pacto de Estabilidad y Crecimiento. Después habrá que hacer frente a la creación de las condiciones fiscales que permitan reducir la deuda y el déficit, sin que los préstamos del MEDE supongan una gravosa carga financiera para ello.

6. La financiación de un Plan de medidas urgentes de mejora del sistema sanitario público y de las políticas de salud pública es, tal vez, la principal urgencia de los planes de recuperación y reconstrucción. No puede esperar al segundo semestre de 2021. Al Gobierno de España le diría que pidiese al MEDE lo que sea necesario para financiar tanto los gastos de inversión como los gastos corrientes de un Plan ambicioso. Y que reserve las ayudas, en primer lugar, y los créditos si son necesarios del PRNG para todos los demás proyectos de reconstrucción económica y social. Y que, si es posible, se coordine con Italia y otros países para hacerlo, y que, en todo caso no tema lo que vayan a decir el PP y Vox. Lo dirán en cualquier caso, y en éste sus argumentos son fácilmente desmontables. Y si los mercados de la deuda se ponen algo nerviosos y presionan al alza nuestra prima de riesgo, ya se encargará el BCE, creo que podemos confiar en ello, de hacerla bajar.

JAVIER DOZ Consejero del Comité Económico y Social Europeo (CCOO) Más artículos

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La economía europea colapsa mientras la UE rescata a los súper-millonarios https://www.attacaragon.es/la-economia-europea-colapsa-mientras-la-ue-rescata-a-los-super-millonarios/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=la-economia-europea-colapsa-mientras-la-ue-rescata-a-los-super-millonarios Fri, 07 Aug 2020 06:37:41 +0000 https://www.attacaragon.es/?p=19003 Para salir de la crisis económica los europeos deben re-nacionalizar las empresas estratégicas por Anthony Torres y Alex Lantier, periodistas franceses Las cifras económicas de Eurostat para el segundo trimestre de 2020 demuestran que la [...]

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Para salir de la crisis económica los europeos deben re-nacionalizar las empresas estratégicas

por Anthony Torres y Alex Lantier, periodistas franceses

Las cifras económicas de Eurostat para el segundo trimestre de 2020 demuestran que la Unión Europea ha experimentado el colapso económico más profundo y repentino de su historia.

Ya antes de la pandemia de la COVID-19, Europa se hundía en la recesión. En el cuarto trimestre de 2019, Alemania estaba estancada, mientras que Francia (-0,1 por ciento) e Italia (-0,4 por ciento) caían bajo cero. Ahora, la desconfianza y el cierre han provocado una desintegración económica sin precedentes.

Los trabajadores, los autónomos y las pequeñas empresas están experimentando una tragedia. Según Eurostat el Producto Interno Bruto (PIB) cayó un 12,1 por ciento en la zona euro y un 11,9 por ciento en toda la Unión Europea. En el primer trimestre, la contracción fue de 3,6 por ciento y 3,2 por ciento, respectivamente. En Alemania, la principal potencia económica de Europa, el PIB cayó un 10,1 por ciento; la contracción de abril a julio fue del 10,7 por ciento en Austria y del 12,2 por ciento en Bélgica.

Italia, vio caer su economía un 12,4 por ciento. En otros lugares, el colapso fue aún más pronunciado. Francia, Portugal y España registraron caídas del 13,8, 14,1 y 18,5 por ciento, respectivamente. Según las proyecciones disponibles la economía británica se contraerá aproximadamente en un 15 por ciento en el segundo trimestre.

Si la actividad económica europea se mantendrá en niveles similares durante el resto de 2020. Europa vivirá una crisis económica aún más severa que la sufrida durante la Gran Depresión de la década de 1930.

Las principales corporaciones europeas han tenido pérdidas récord en prácticamente todas las ramas de la industria y ahora dependen de rescates multimillonarios financiados por el estado. Entre los fabricantes de automóviles de Europa, Volkswagen informó haber perdido 1.400 millones de euros (sus ingresos se derrumbaron en un 23 por ciento) la alianza Renault-Nissan sufrió una pérdida de 7.300 millones de euros.

Las empresas petroleras europeas han sido devastadas por el colapso de los precios del petróleo. Total y Royal Dutch Shell reportaron pérdidas netas de € 7 mil millones y $ 18,1 mil millones. Por otra parte, las ganancias del conglomerado de lujo francés Hermès cayeron en un 55 por ciento en la primera mitad del año.

Las aerolíneas también están enfrentando un desastre económico . Air France-KLM reconoció una pérdida del 83 por ciento en sus ingresos. Lufthansa, contabilizó 2.100 millones de euros de pérdida en el primer trimestre.

Sólo en el primer semestre del año British Airways , Iberia y Aer- Lingus registraron pérdidas netas de 4.200 millones de euros. La empresa aeroespacial Airbus perdió 1.900 millones de euros.

El empleo en caída libre

Millones de trabajadores han ido al paro durante la pandemia. Ahora las empresas dependen directamente de la financiación estatal para pagar los salarios (ERTES). Hasta el mes pasado, 9,3 millones de trabajadores dependían de estos programas en Gran Bretaña, 4,5 millones en Francia, 6,9 millones en Alemania y 3,7 millones en España. Italia, por su parte, gastó aproximadamente 5.000 millones de euros mensuales en este tipo de expedientes de regulación del trabajo por un tiempo limitado.

Tras estos números se está gestando una explosiva confrontación entre la clase trabajadora y la aristocracia financiera Europea e internacional. En varios países de la UE  la élite gobernante ha defendido la criminal política de «inmunidad colectiva» dejando a los trabajadores a merced de un virus mortal. Mientras tanto la oligarquía se apodera de billones de euros de los fondos públicos.

De hecho , el Banco Central Europeo (BCE) ha acordado un rescate de 1,25 billones de euros para los bancos europeos y  la UE ha pactado un paquete de rescate de 750.000 millones de euros para los estados y las grandes corporaciones europeas.

Estas enormes sumas de dinero público se están invirtiendo en acciones y en los mercados financieros para rescatar a los multimillonarios. Sin embargo, las autoridades estatales y las burocracias sindicales no exigen que los inversionistas y las grandes corporaciones – que reciben estas enormes sumas de ayuda estatal – garanticen que no se despedirán a los trabajadores ni recortarán sus salarios.

En cambio, las corporaciones rescatadas anuncian despidos masivos. En Gran Bretaña ha entrado en vigor el plan para recortar los programas de ayudas el próximo mes de octubre, y en España el pago de los ERTES se reducirán del 70 al 35 por ciento. En Alemania, el sindicato de IG Metall anuncia que se destruirán de 300.000 puestos de trabajo entre los metalúrgicos.

Esta embestida social avanza con la complicidad de los sindicatos europeos, que han ayudando a diseñar estas políticas con funcionarios estatales y confederaciones empresariales. Los sindicatos alemán y francés, firmaron una declaración conjunta elogiando el rescate de la UE diseñado por la canciller alemana, Ángela Merkel, y el presidente francés, Emmanuel Macron.

La historia se repite.

Antes de la revolución francés de 1789 la aristocracia feudal francesa se negó a pagar impuestos para resolver la crisis fiscal . Hoy la élite gobernante está siguiendo la misma política parasitaria e imprudente .

El escenario puede tornarse cada vez más conflictivo con una estallido internacional. La situación más explosiva está surgiendo en Estados Unidos, donde el pago a los trabajadores se suspenden a fin del mes de agosto. Este hecho amenaza con el hambre y al desalojo de sus viviendas a millones de trabajadores.

En Europa, la Comisión de la UE ha estimado que el desempleo alcanzará el 9,5 por ciento en la zona euro, siendo los países del Sur de Europa los más afectados. Calculan que el desempleo superará el 20 por ciento en Grecia y España, el 12 por ciento en Italia y al 10 por ciento en Francia.

Estas horrorosos cifras significan la quiebra de miles de pequeñas empresas y la pérdida de millones de puestos de trabajo. Al mismo tiempo la Unión Europea está rescatando a una élite financiera que en estos precisos momentos está saqueando enormes cantidades de dinero del erario público.

Aún peor, las estimaciones de paro de la UE probablemente son demasiado optimistas ya que dependerá de los empleadores volver a contratar a las decenas de millones de trabajadores pagados actualmente por los Estado.

El futuro cercano se pone oscuro .

La últimas noticias confirman que el fin de los confinamientos está provocando un rápido resurgimiento del virus. El número de casos nuevos diarios ha aumentado en Francia, Alemania, Bélgica y España. Desde finales de junio, los contagiados se ha multiplicado por dos en Francia y Alemania, por siete en Bélgica y  por diez en España.

Mientras los gobiernos de la UE insisten en que no impondrán más cierres de la economía y sólo aplicarán bloqueos regionales, la realidad sanitaria, en amplias regiones europeas, demuestra que la propagación de la enfermedad se está acelerando peligrosamente.  

La dura realidad es que autoridades de Europa han fracasado en la implementación de medidas adecuadas de rastreo y que no han aumentado el gasto en atención médica.

Probablemente con este escenario se avecina una nueva y drástica contracción en la actividad económica. Cataluña- una región económicamente vital para España- se ha visto obligada a imponer un cierre “voluntario” en Barcelona ​​que afecta a más de 4 millones de personas.

Por el momento los trabajadores están atados de manos. Sus sindicatos están negociando la austeridad con la élite financiera y las capitostes de las grandes corporaciones empresariales. Sin embargo, la pandemia está exponiendo a la quiebra a todo el sistema capitalista.

 En los próximos meses será esencial que los trabajadores de Europa emprendan la lucha contra el poder de las clases dominante y la burocracia de Bruselas. Sus mejores aliados serán los movimientos populares que se preparan para combatir contra la austeridad en todo el mundo .

Los billones de euros gastados para rescatar a los millonarios deben destinarse a luchar contra el COVID-19, salvaguardando los salarios de  trabajadores y  autónomos.La solución a la crisis económica no es destinar fondos públicos al rescate de las grandes empresas, como ocurrió en 2008.  

La solución será re-nacionalizar la empresas estratégicas. La Banca, la energía, las comunicaciones, las grandes farmacéuticas deben ser servicios públicos que trabajen en beneficio del común . Ahora, más que nunca, estas medidas son esenciales para la recuperación económica de las naciones.

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A propósito de la relación salarial en el siglo XXI https://www.attacaragon.es/a-proposito-de-la-relacion-salarial-en-el-siglo-xxi/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=a-proposito-de-la-relacion-salarial-en-el-siglo-xxi Wed, 05 Aug 2020 07:28:40 +0000 https://www.attacaragon.es/?p=19000 El Ministerio de Trabajo no debería regular solo el caso de los falsos autónomos de las plataformas digitales de reparto. Ha de ser ambicioso y frenar el proceso de mercantilización del trabajo Carlos Gutiérrez Calderón [...]

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El Ministerio de Trabajo no debería regular solo el caso de los falsos autónomos de las plataformas digitales de reparto. Ha de ser ambicioso y frenar el proceso de mercantilización del trabajo

Carlos Gutiérrez Calderón

¿Qué es en la actualidad un trabajador asalariado según las normas del derecho laboral?; ¿en qué consiste la incursión del derecho mercantil en la regulación de las relaciones laborales? Es decir, ¿cuáles son las modificaciones de la relación salarial en marcha en este siglo XXI?

Estas cuestiones me surgieron después de participar en un debate sobre “Teletrabajo y Conciliación” organizado por la Fundación Alternativas. En un momento dado planteé que el teletrabajo se despliega en un ámbito, el laboral, que está atravesado por relaciones de poder y definido por la subordinación de los trabajadores a la dirección de las empresas, y, por tanto, debe ser regulado y controlado con el objeto de garantizar los derechos que asisten a los trabajadores y las trabajadoras y evitar las discriminaciones que puedan ocasionarse. Ante mi afirmación, uno de los panelistas señaló que tal subordinación de los trabajadores era algo “muy antiguo” y sugirió, básicamente, que en el mundo laboral actual lo que existe es una relación equilibrada basada en la libre voluntad de las partes que se expresa en un contrato para la prestación de un servicio.

Se está desarrollando una pugna que presiona para redefinir el perímetro de la relación salarial como resultado de la transformación tecnológica

Esta negación de la subordinación de las y los trabajadores revela la existencia  de un proceso de fetichización de las relaciones de producción, que ya no estarían definidas por la desigualdad social de origen entre trabajadores y empresarios, el desequilibrio de poder entre ambos, ni claro está, por subordinación alguna del trabajador o la ajenidad en el desarrollo de su actividad laboral. Estas fueron, y son, las condiciones materiales sobre las que se erigió la relación salarial y se construyó el derecho del trabajo para proteger a la parte débil de ese vínculo necesario, la persona trabajadora. Por contra, esas mismas relaciones de producción estarían caracterizadas en la actualidad por la libertad e igualdad de condición de las partes que queda expresada mediante un contrato de arrendamiento para la prestación de un servicio. El resultado natural de esta desproblematización es el vaciamiento del derecho del trabajo como marco jurídico/legal que regula la relación de trabajadores/ empresa, y su sustitución progresiva por el derecho mercantil.

Se está desarrollando una pugna intelectual, política y cultural que presiona para redefinir el perímetro de la relación salarial como resultado de la transformación tecnológica asociada a la digitalización, la aparición de ‘nuevos’ modelos de negocio denominados plataformas digitales y, por supuesto, de los debates en relación al futuro del trabajo. En efecto, la pulsión de las empresas por huir del ámbito laboral y de las responsabilidades sociales asociadas no es un fenómeno reciente, al menos en ciertos sectores. Y, sin embargo, las formas hegemónicas de organización del trabajo desplegadas en búsqueda de una reducción de costes laborales y una creciente flexibilidad que permite a las empresas adaptarse a los ciclos económicos y los vaivenes de la demanda, basadas en la externalización de los riesgos asociados a la actividad mercantil, han propulsado esta práctica más allá de los ámbitos clásicos donde se desarrollaba, abriendo la puerta a una amplia deslaboralización en un futuro no muy lejano de no encontrar la resistencia adecuada.

Como señala el profesor de la Universidad de Valencia Adrián Todolí, los procesos de descentralización empresarial tienen como objeto “empujar hacia debajo de la cadena los riesgos propios del negocio”, y este proceso, llevado al extremo, conlleva una “auténtica atomización de las empresas” que promueve el surgimiento de un “trabajador individual convertido en empresa”, exento de la protección que le otorgaba el derecho del trabajo[1]. La conocida como “plataformización o uberización” del trabajo es el paso más sofisticado de esta dinámica.

En paralelo a este fenómeno objetivo vinculado a la organización del trabajo, se ha construido un discurso ideológico que aspira a ocultar la realidad social problemática y colectiva, asociada a las relaciones de producción. Así pues, la trabajadora o el trabajador asalariado sería ahora, según esta visión, alguien independiente, un prestador de servicios, un colaborador, un partner o un emprendedor, con libre capacidad de decisión, sobre el que la empresa no tiene ninguna responsabilidad. Se trata pues, de una extensión del contorno de la figura del autoempleado, al tiempo que se le dota de un nuevo significado.

Potentes intereses promueven la creación de un estatus jurídico intermedio entre el trabajador asalariado y el clásico autónomo

Cada vez se encuentra más extendida una concepción restringida de la relación salarial, que aspira a su sustitución por unas relaciones mercantiles que profundicen en la (re)mercantilización del trabajo. Potentes intereses promueven la creación de un estatus jurídico intermedio entre el trabajador asalariado y el clásico autónomo, que estaría al margen de la regulación del derecho del trabajo. Pero la realidad es tozuda. Las autoridades laborales y la justicia en España, y en otros países, están reconociendo la laboralidad ante los múltiples conflictos que se están planteando en relación a las plataformas digitales y el uso que hacen de la figura del falso autónomo. De esta forma, se blinda y amplía la relación laboral frente a las fuerzas que aspiran a restringirla. No obstante, esta no es una cuestión jurídica, aunque la batalla legal es irrenunciable, sino que debería ser objeto de la política.  

En nuestro país se está planteando la necesidad de elaborar un Estatuto de los Trabajadores y Trabajadoras para el siglo XXI como forma de adaptar el marco laboral al escenario económico, laboral, social, tecnológico y cultural que rige en el contexto actual. Este es un reto necesario y de profundo calado que debe abordarse con rigor y paciencia. A raíz de la aspiración del Ministerio de Trabajo de avanzar en un proyecto normativo sobre la “regulación de determinados aspectos de la prestación de trabajo por cuenta propia y ajena del trabajo a través de plataformas”, podemos iniciar la construcción de dicho estatuto concretando cuáles son las fronteras de la relación salarial en la actualidad.

A mi juicio, el Gobierno, con el Ministerio de Trabajo como impulsor, no debería regular únicamente el caso de los falsos autónomos de las plataformas digitales de reparto, aunque su laboralización es insoslayable, sabiendo que esta práctica se extiende por otros sectores y modelos de negocio. El ministerio, que este año cumple un siglo, debe ser ambicioso y construir el nuevo perímetro ampliado de la relación salarial que frene el proceso de (re)mercantilización del trabajo desde la convicción de que en la actualidad, en pleno siglo XXI, el sistema sigue estando definido por aquellos elementos objetivos que instituyeron en su día el derecho del trabajo como marco para la protección de la parte débil de una relación conflictiva y desigual, las trabajadoras y trabajadores.

Reitero la afirmación que lancé en el debate mencionado: hoy, como ayer, la mayoría social trabajadora nos encontramos subordinados necesariamente a la dirección de las empresas y, por tanto, nuestra voluntad continúa estando regida por imperativos que se encuentran fuera de ella misma y que constituyen la razón de ser del trabajo asalariado.   


Carlos Gutiérrez Calderón es secretario de Juventud y Nuevas Realidades del Trabajo de Comisiones Obreras.

Notas: 1. Todolí, A. 2020: “El ámbito subjetivo de aplicación del Estatuto de los Trabajadores ante las nuevas formas de trabajo: la nueva ley de California (AB5)” Trabajo y Derecho 66/2020, Nº66

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Los futuros del capitalismo español

por Erika González y Pedro Ramiro

“Tenemos futuro” reza el lema que en la primavera de 2020 – cuando el capitalismo global se enfrentaba a una recesión que no se había visto desde hace un siglo- están impulsando 35 grandes empresas españolas, entre ellas el Santander, Iberdrola, BBVA, Inditex, Naturgy, Merlín o El Corte Inglés.

«España son nuestras empresas», decía el eslogan de la campaña publicitaria que ocho años atrás, con la prima de riesgo en caída libre y el país al borde del rescate, lanzaron multinacionales como Repsol, Telefónica, Acciona, Planeta, Mapfre y Endesa.

La apuesta, ahora como entonces, es similar: recomponer un discurso que combine la identidad nacional con una receta económica centrada en el fortalecimiento de los negocios empresariales como vector fundamental para salir de la crisis. «Esto lo superamos juntos», dicen los anuncios del Banco Santander; «uniendo todas nuestras energías», afirma Iberdrola.

Para mantener los mecanismos habituales de extracción de riqueza y a la vez reforzar su legitimación social, los gigantes empresariales han publicitado sus donaciones a la sanidad pública. Siguiendo la línea filantrópica inaugurada hace unos años por Amancio Ortega, las mayores multinacionales españolas han anunciado sus aportaciones a un fondo empresarial para la compra de material sanitario.

Temiendo que su reputación pudiera verse dañada, los buques insignia del capitalismo español no se han acogido por el momento a la vía de los ERTES como un rescate encubierto. De hecho, para anticiparse a las críticas y fortalecer su imagen de marca, algunas de estas empresas han anunciado reducciones de sueldo para sus máximos directivos; otras han suspendido el pago de dividendos para este año. De lo que se trata, básicamente, es de reflotar la marca-país para asegurar la centralidad de las grandes corporaciones en el modelo socioeconómico.

Antes de la pandemia, bajo la aparente bonanza de la recuperación de los beneficios empresariales, subyacía un mar de fondo marcado por la incapacidad del spanish model para generar empleo en condiciones aceptables y por su tendencia al empeoramiento generalizado de las condiciones de vida.

La posición periférica de España en el sistema-mundo y su especialización económica en los sectores de la construcción y el turismo, unidas a la imposibilidad de recomposición de la clase media en torno a otro ciclo largo de expansión inmobiliario-financiera, ya apuntaban directamente a una crisis orgánica del capitalismo español. Ahora, con el hundimiento del sector turístico y el pinchazo de la burbuja inmobiliaria, ejes de la especialización económica del país, han terminado de reventar las costuras del «milagro español».

En este contexto, más allá de las previsiones sobre la posible recuperación post-pandemia, el escenario más verosímil es el de una serie continua de crisis, impagos, reestructuraciones y quiebras de grandes compañías.

Va a ser materialmente imposible que las multinacionales españolas puedan continuar con el business-as-usual; con garantizar su propia supervivencia, en un contexto de caída del consumo y de aumento del endeudamiento, ya será suficiente. De ahí que los líderes de la clase político-empresarial estén presionando al gobierno para asegurarse de que no se impulsen nuevas normativas laborales o fiscales. Con las apelaciones al «futuro» en primera persona del plural, se trata de blindar las condiciones en las que ha venido operando el capitalismo español desde mediados del siglo pasado.

Breve historia del capitalismo español

La mayoría de las grandes multinacionales que en estos momentos lideran el Ibex-35 se crearon hace un siglo y comenzaron a hacer fortuna tras la Guerra Civil. Los primeros años de la dictadura franquista estuvieron marcados por el aislamiento internacional y el impulso de la industrialización a cargo del Estado.

A partir de 1959, con el Plan de Estabilización, se inicia la época que ha sido bien conocida como desarrollismo. Se volvieron a abrir las puertas a la inversión extranjera y se consolidaron las medidas que conducirían al famoso «milagro español». La integración de España en la economía-mundo occidental se articuló esencialmente en torno a tres ejes: industria, construcción y turismo.

Al final del franquismo no se desencadenó ninguna ruptura. Al contrario, con los Pactos de la Moncloa y con las reformas económicas de finales de los años setenta, se sentaron las bases para establecer una línea de continuidad con los privilegios y las propiedades acumuladas por las clases dominantes desde la posguerra. Comenzaba la modernización, caracterizada por la incorporación de España a la globalización neoliberal. Los cuatro gobiernos del PSOE que se sucedieron entre 1982 y 1996 pilotaron este proceso.

 No en vano, los ejecutivos «socialistas» fueron los que promovieron la mayor liberalización de la economía, el aumento de la flexibilización de las condiciones laborales y la reconfiguración de todo el sistema de empresas públicas.

La clave de bóveda de la reconversión acelerada de la economía española fue la incorporación del país a la CEE y la extensión de las recetas neoliberales a partir de la aprobación del Tratado de Maastricht.

La labor que ya se había iniciado con los ejecutivos de Felipe González fue retomada aún con más fuerza por José María Aznar en sus dos legislaturas como presidente del gobierno (1996-2004). En esos años acudieron a España gran cantidad de capitales extranjeros que se dirigían a la economía productiva, a inversiones bursátiles y al sector inmobiliario, que se estaba revalorizando a gran velocidad.

La reestructuración del sector público empresarial español se acometió a través de dos procesos complementarios: la privatización de unas compañías y la reorganización de otras. Al término de la primera etapa del gobierno del PP, la mayoría de las grandes empresas estatales, como Endesa, Telefónica, Repsol, Gas Natural, Argentaria e Iberia, entre otras, habían sido totalmente privatizadas. La conversión en multinacionales tuvo su punto culminante cuando se acercaba el final del siglo XX, con América Latina como destino prioritario para lo que fue la década dorada del capitalismo español.

La aplicación coordinada, a uno y otro lado del Atlántico, de las reformas impuestas por el Tratado de Maastricht y el Consenso de Washington fue la llave que abrió la puerta para el salto de escala de las empresas españolas. Solo unos años después, a partir de la experiencia y el capital acumulados con sus negocios en América Latina, donde las grandes empresas españolas ocuparon una posición de privilegio en muchos sectores estratégicos, estas darían el salto también a otras regiones. En todo el proceso de expansión de las transnacionales españolas se mantuvo un elemento fundamental: el apoyo que les brindaron los diferentes gobiernos. El PSOE y el PP siempre estuvieron de acuerdo en consensuar la expansión global de las multinacionales españolas como una «política de Estado».

La cuarta etapa del capitalismo español comienza en 2008 con el estallido de la crisis financiera y llega hasta nuestros días, en que asistimos al cierre del largo ciclo expansivo que han capitaneado los buques insignia de la marca España. Tras el crash global y el pinchazo de la burbuja inmobiliaria, fue posible sostener temporalmente la recuperación de los beneficios empresariales a través de distintas vías: ampliando operaciones a otros sectores y mercados, rebajando salarios y condiciones laborales, obteniendo inyecciones de liquidez mediante compras de deuda pública y privada, generando nuevas burbujas especulativas, acelerando las desinversiones y la venta de activos, etc. Pero nada de eso va a servir para generar otro ciclo largo de crecimiento y acumulación. Con un horizonte económico muy complicado, que en el caso español va a agravarse especialmente por su dependencia estructural de los sectores turístico e inmobiliario, incluso puede llegar a estar en juego la propia supervivencia del modelo.

La imposible vuelta a la “normalidad”

El capitalismo español, cuando apenas quedan sectores que privatizar, ni nuevos nichos de mercado a los que dirigirse, ahora que la devaluación salarial y la destrucción ecológica difícilmente pueden aumentar mucho más sin provocar fuertes tensiones sociales, se encuentra muy tocado en su línea de flotación. La citada especialización de la economía española y los réditos de la internacionalización de las grandes corporaciones, que funcionaron como motor del crecimiento de las ganancias empresariales durante las últimas dos décadas y media, han demostrado sus límites.

No va a ser posible volver a la «normalidad» en un país que apenas dispone de materias primas, que ha de importar la mayor parte de los materiales y recursos necesarios para su metabolismo económico, que ya está sufriendo los efectos del cambio climático y la pérdida de biodiversidad, que tiene una tendencia acusada a la destrucción de empleo en momentos de recesión —no digamos ahora que el sector turístico, que en 2019 supuso el 13,4% del empleo total en España, va a perder el año entero— y que ha focalizado su modelo productivo en la extensión del capitalismo rentista y de la que ha sido la especialización clásica de la economía española durante los últimos sesenta años.

A pesar de todo, las instituciones que nos gobiernan siguen con su huida hacia adelante para defender el «milagro español». Mientras la Comunidad de Madrid prepara cambios legislativos para reactivar otro ciclo inmobiliario y su presidenta afirma que «hace falta liberar suelo porque parte de la recuperación vendrá por la construcción, por no limitar el precio de la vivienda», el gobierno español —por boca del ministro de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana— depende que la construcción tiene que convertirse en «palanca para la recuperación del empleo y la economía».

«El sector inmobiliario será una de las locomotoras del país tras el Covid-19», ha dicho la agrupación de promotores urbanísticos de Madrid, con su promesa estrella de crear 250.000 empleos con el macroproyecto de la Operación Chamartín. Herido de muerte el turismo, al capitalismo español solo le queda la otra pata de su especialización económica: el ladrillo. Pero repetir el modelo de «recuperación» post-2008 solo va a servir para profundizar mucho más la brecha social y los impactos ecológicos que ya se habían agravado en la última década.

Estos factores se insertan, además, en un contexto mundial caracterizado por las crecientes tensiones geopolíticas, la mercantilización de la democracia, la emergencia de la crisis socio-ecológica, la injusticia de la división sexual del trabajo y el auge de los neo-fascismos. Con una crisis estructural del capitalismo que viene determinada por tres factores que se refuerzan mutuamente: estancamiento, deuda y desigualdad.

Primero, el prolongado descenso de la tasa de ganancia y de la productividad desde la década de 1970, que imposibilitan el proceso de reproducción del capital y la generación de beneficios al ritmo requerido por los propietarios de las grandes corporaciones. Segundo, unos niveles globales de endeudamiento que no han dejado de aumentar, hasta el punto de encontrarse hoy muy por encima de los volúmenes de deuda alcanzados antes del crash de 2008. Tercero, una creciente brecha social entre las élites económicas que controlan el poder corporativo y la mayoría de la población que sufre los efectos de sus políticas.

En el marco de la profundización de las desigualdades y la crisis socio-ecológica, nos enfrentamos a una disyuntiva estratégica que marcará los próximos tiempos. O se opta decididamente por aplicar medidas redistributivas que compensen la falta de ingresos de amplias capas de la población, o se va a profundizar mucho más la brecha social que ya se había agrandado en la última década con las políticas para fomentar la «recuperación».

Lo primero pasa por un conflicto inevitable con las grandes corporaciones e implica una gigantesca disputa —política, económica, jurídica y cultural— con las instituciones dominantes de nuestro tiempo; lo segundo contribuye a consolidar las dinámicas de desposesión, expulsión y necropolítica que han abonado el terreno para el auge de un nuevo espacio neofascista a escala global.

En el terreno de la conflictividad social, en una disputa de largo recorrido, es donde se van a jugar las posibilidades reales de las organizaciones y movimientos que apuestan por una transformación de las relaciones de poder. Una multitud de luchas y resistencias que caminan, a la vez y de manera dialéctica, de la mano de la exigencia de reformas en el marco regulatorio y de la puesta en práctica de formas alternativas de organización económica.

A partir de nuevos paradigmas y marcos teóricos con los que dar la vuelta a conceptos tan instalados en el discurso dominante como crecimiento, inversión o desarrollo, todas estas propuestas se mueven, aquí y ahora, entre la necesidad de limitar el poder de las grandes corporaciones y la urgencia de poner en práctica alternativas concretas para avanzar en la transición a sociedades poscapitalistas.

NOTAS

“Antes de la pandemia, vivíamos en una etapa que se conoció como la recuperación, que en realidad era una recuperación de los beneficios empresariales. Ya existían factores que apuntaban a una crisis orgánica del capitalismo español.

“Mientras la acumulación de riqueza por los grandes propietarios iba en ascenso, las rentas salariales se precipitaron en sentido contrario. Y se agravan los impactos socio-ecológicos de un modelo depredador del territorio y los ecosistemas”.

La especialización económica del país

El turismo supone el 13,7% del empleo total en España. De cada 8 contratos que se firmaron en 2017, uno era para trabajar en la hostelería.

En 2007 España recibió 58,6 millones de turistas y diez años después la cifra ascendió a 82 millones, un récord que le llevó a ser el segundo destino turístico del mundo.

En 2017 se registró el mayor número de compraventas de inmuebles en 10 años.Más del 70% de la riqueza acumulada en España desde los años cincuenta se concentra en los sectores de la construcción e inmobiliario.

Los propietarios del capital

Los inversores extranjeros poseen el 48% del capital de las empresas cotizadas.

Casi la mitad del accionariado de Naturgy y todas las participaciones significativas de Iberdrola están en manos de fondos extranjeros.

Endesa, Iberia y Campofrío están controladas por grupos empresariales de origen italiano, británico y mexicano.

Blackrock, el mayor fondo de inversión del mundo, controla el 4% de la capitalización bursátil del Ibex y participa en el accionariado de todas y cada una de sus 35 empresas.

Los grandes arrendadores del mercado del alquiler son gestoras de fondos de inversión como Blackstone, Lone Star y Cerberus, entre otros.

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España necesita una economía más compleja https://www.attacaragon.es/espana-necesita-una-economia-mas-compleja/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=espana-necesita-una-economia-mas-compleja Tue, 04 Aug 2020 06:20:24 +0000 https://www.attacaragon.es/?p=18991 Emilio José González González España tiene ante sí cuatro retos fundamentales: Crear empleo de calidad. Reducir las desigualdades. Afrontar las consecuencias económicas del envejecimiento. Transitar hacia una economía más respetuosa con el medio ambiente. Para [...]

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Emilio José González González

España tiene ante sí cuatro retos fundamentales:

  1. Crear empleo de calidad.
  2. Reducir las desigualdades.
  3. Afrontar las consecuencias económicas del envejecimiento.
  4. Transitar hacia una economía más respetuosa con el medio ambiente.

Para poder resolver estas cuestiones la economía española necesita ser más compleja, incorporar ciencia y tecnología. El problema es que, en los últimos veinte años, España ha hecho lo contrario.

La prueba está en la evolución del índice de complejidad económica, que mide las capacidades productivas de una economía a través del conocimiento incorporado en los bienes y servicios que produce. Ese conocimiento se encuentra en las tecnologías que emplea un país y en la capacidad de las empresas y las personas para trabajar con ellas. Cuanto más alto es el valor del índice, el crecimiento del PIB per cápita es mayor y las desigualdades de renta y las emisiones de dióxido de carbono son menores.

En vez de crecer, entre 1998 y 2018 el valor del índice de complejidad económica de España se ha reducido de 1,01 a 0,85. Otros países desarrollados, en cambio, han mantenido, e incluso aumentado, el grado de complejidad de sus economías. Las economías emergentes también lo han hecho.

Como consecuencia de ello, España ha caído en ese tiempo del puesto 19 en complejidad económica al 33. Nuestro país ha sido superado por naciones como República Checa, Eslovenia, Hungría, Eslovaquia, México, Polonia, Estonia, Malasia, Arabia Saudí, Tailandia, Rumanía, China y Lituania. India y Vietnam se están acercando.

Evolución de la complejidad económica de España y otros siete países

Atlas de Complejidad Económica de la Universidad de Harvard. The Atlas of Economic Complexity. Harvard University.

¿En qué se traduce una menor complejidad económica?

Las implicaciones de esta situación son claras. Como la complejidad de la economía española va a menos, la mayor parte de los puestos de trabajo que crea son de bajos salarios. En consecuencia, la capacidad de crecimiento de la renta per cápita hasta niveles dignos, que permitan una vida confortable, se ve mermada. En este contexto, es difícil reducir las desigualdades.

Los salarios, además, son la base de las cotizaciones sociales, que son las que financian las pensiones. De ahí que parte del problema financiero de la Seguridad Social se deba a los bajos niveles de ingresos a causa de la pérdida de complejidad económica.

Lo mismo cabe decir respecto a la financiación de la sanidad pública y el resto de prestaciones sociales. En consecuencia, el mantenimiento del Estado del bienestar pasa, necesariamente, por aumentar la complejidad de nuestra economía.

Además, una economía más compleja reduce la vulnerabilidad del empleo en momentos de crisis. Turismo, ocio y comercio son actividades que tienen un nivel muy bajo de complejidad económica y mucho peso en la economía española. Por otra parte, son grandes nichos de empleo de jóvenes y mujeres.

Por eso, cuando llega una crisis como la actual, se destruye tanto empleo y el paro afecta tanto en esos sectores, en especial a jóvenes y mujeres, como sucede ahora, ya que son actividades que, en general, no se pueden desarrollar mediante teletrabajo. Esto es algo a tener muy en cuenta porque las pandemias están siendo recurrentes en las últimas décadas.

España debe apostar por la economía digital, lo que implica aumentar su grado de complejidad económica. Lo mismo cabe decir respecto a la transición hacia una energía más respetuosa con el medio ambiente. Esa transición tampoco se podrá hacer sin más complejidad económica.

España, exportaciones y mercado internacional

Por último, está el problema de las exportaciones. Países como China, Tailandia, México, Polonia o Eslovenia tienen una complejidad económica mayor que la nuestra. Sus costes laborales, además, son más bajos que los españoles. Otras economías emergentes, como India y Vietnam, se están acercando a España en grado de complejidad económica.

Si España no produce bienes y servicios más complejos, no podrá competir con esos países, ni en términos de exportaciones ni en la captación de inversiones empresariales. Indochina, México o el este de Europa, de hecho, están atrayendo cada vez más inversión empresarial y ahora son los destinos favoritos de las empresas que están saliendo de China.

Esta situación tiene consecuencias para el crecimiento económico español, que es el que reduce las desigualdades y financia el sistema de protección social. El Atlas de Complejidad Económica de la Universidad de Harvard estima, en este sentido, que, en la próxima década, estará por debajo de la media mundial.

El camino a seguir

España, por tanto, necesita una reforma en profundidad para aumentar su grado de complejidad económica. Es posible hacerlo si se empieza a trabajar ya sobre las fortalezas que tiene nuestro país. La Cátedra de Ciencia y Tecnología de la Fundación Rafael del Pino ha identificado algunas de ellas en su informe 10 tecnologías emergentes para impulsar a España.

Se trata de la inteligencia artificial, la edición genética, la seguridad digital, el internet de las cosas, los materiales fotoactivos avanzados, la energía distribuida, los datos de satélites para la toma de decisiones, las nuevas tecnologías para combatir el envejecimiento, las energías renovables y el blockchain. En estos ámbitos, España tiene empresas, científicos y centros de investigación punteros a nivel mundial.

Potenciarlos y aprender de sus experiencias para conseguir más y mejores empresas, centros de investigación y científicos puede ser un buen punto de partida. Pero también hay que pensar en reformar el sistema educativo para adecuarlo a las exigencias de una economía más compleja, que requiere de personas con cualificaciones profesionales distintas de las que ahora ofrece el sistema educativo, tanto en formación profesional como en la universidad.

Emilio José González González, Profesor de Economía, Universidad Pontificia Comillas

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La segunda muerte del neoliberalismo https://www.attacaragon.es/la-segunda-muerte-del-neoliberalismo/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=la-segunda-muerte-del-neoliberalismo Sat, 01 Aug 2020 06:58:47 +0000 https://www.attacaragon.es/?p=18983 “No se sale de una crisis estructural sin una gran reestructuración institucional” Cédric Durand, profesor de Economía de la Universidad Paris13 La ofuscación en la historia a menudo se convierte en una broma, pero no [...]

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“No se sale de una crisis estructural sin una gran reestructuración institucional”

Cédric Durand, profesor de Economía de la Universidad Paris13

La ofuscación en la historia a menudo se convierte en una broma, pero no siempre es así. La secuencia abierta en 2008 fue trágica. La mayor crisis financiera -desde 1929- sumió a las economías del Atlántico Norte en una gran recesión cuya onda expansiva culminó, en el flanco izquierdo, con un bloqueo monetario a Grecia (y la rendición de Syriza) y, en el flanco derecho, con el desplazamiento de una serie de países del centro político a un nuevo tipo de nacionalismo, entre ellos los Estados Unidos y Gran Bretaña.

La secuencia abierta en la primera mitad del año 2020 es ya un cataclismo global que afecta a nuestros sistemas sociales y políticos en su conjunto. En respuesta a la epidemia de COVID-19, «el gran encierro», como lo ha llamado el FMI, ha precipitado una dislocación simultánea de las relaciones fundamentales del capitalismo globalizado: caída del PIB, desempleo, explosión de la pobreza, disminución del comercio internacional, congelación de las inversiones… De marzo a mayo, en el espacio de tres meses, estas variables se deterioraron a un ritmo sin precedentes, mucho más rápido y de manera más grave que en la década anterior.

En 2009, el PIB mundial se redujo en un 0,5%, y se espera que este año disminuya en un 6%. Para la OCDE, la disminución será del 7,5% (Figura 1) y de un 11,5% para los países de la zona del euro. No se espera un retorno al nivel de producción de 2019 hasta 2022, y esto ocurriría sólo si no hay una segunda ola de la epidemia.

La violencia la pandemia fue un gran soplo de aire fresco para los ecosistemas. Pero, para el sistema capitalista es un golpe que cualquier forma de recuperación sólo puede ser caótica, frágil y muy larga. Mientras tanto, la apariencia de normalidad de los mercados siguen en curso gracias a la intervención de los poderes públicos, cuya escala evoca, en ciertos aspectos, a las economías de guerra.

Desde el punto de vista económico, la COVID-19 es, por lo tanto, un acontecimiento importante. Sin embargo, la turbulencia a la que estamos siendo lanzados no puede ser resumida en su totalidad por este trágico período. Los datos muestran una larga tendencia a la baja en la tasa de crecimiento desde el decenio de 1960. Década tras década, la gran fatiga del capitalismo ha empeorado. Deberíamos pensar en la situación económica a la luz de una doble perspectiva: la brutalidad de la pandemias y la tenacidad de una larga desaceleración

Crecimiento del PIB en los países de la OCDE desde 1961: datos anuales y promedios decenales (OCDE, previsión para 2020)

Lo global en el neoliberalismo

No hay un «final apacible» para tratar de solucionar una situación tan compleja e inhumana, pero tenemos que encontrar un camino. Empecemos con lo que sabemos: el actual terremoto está reconfigurando el campo de batalla que dominaba el neoliberalismo. En otras palabras, la hipótesis que quiero defender es que esta crisis sanitaria, que se ha convertido en una catástrofe general, es la segunda muerte del neoliberalismo.

El principio de legitimación ideológica del neoliberalismo es la idea que la retribución de los ingresos se produciría según el rendimiento en un contexto de competencia. Durante la última década, este mito movilizador seguía accionando.

En países como Francia, la austeridad y la aparición de las “start-up” tecnológicas produjeron una aceleración de las «reformas». Hoy en día, en ciertos aspectos, el mundo de la próxima generación recuerda furiosamente el periodo anterior. En nombre de la salvaguardia del empleo, Muriel Penicaud promueve una epidemia de recortes salariales en el marco de » nuevos convenios colectivos a nivel de empresa”. Al mismo tiempo, los recortes de la contabilidad gubernamental están teniendo como efecto aumentar la deuda de la entidades de protección social para hacerlos más vulnerables. En resumen, la creciente mercantilización de la relación salarial sigue estando en el orden del día.

Sin embargo, si ampliamos el enfoque, es difícil no ver que el virus ha acelerado el cambio en las limitaciones estructurales dentro de las cuales se mueve la acumulación del capital.

El núcleo de lo que Quinn Slobodian llamó ordo-globalización es el libre movimiento de capital. A finales del decenio de 1970, ante un bloque socialista todavía poderoso y una ola de descolonización, la prioridad de los defensores del capitalismo era su defensa a troche y moche. En su opinión, esto significaba anclar a las naciones en un orden internacional cuya piedra angular debía ser la protección de los derechos y libertades de los inversores.

Así, los neoliberales de la Escuela de Ginebra han inspirado un sistema de gobierno de varios niveles. La economía globalizada se basa en una infraestructura institucional que se ha fortalecido considerablemente desde el decenio de 1980 gracias a la acción de la OMC, el FMI, el Banco Mundial, la Unión Europea y, más en general, mediante la constitución de densas redes jurídicas consistentes en tratados de libre comercio, acuerdos de protección de los inversores, acuerdos de propiedad intelectual y tribunales internacionales de arbitraje.

La construcción neoliberal logró mantener a distancia la lógica del estado soberano aislandolo del juego económico. Se dejaron de tomar decisiones democráticas y se creó un espacio autónomo para la valorización del capital a escala mundial.

Este cambio en el orden internacional ha sido acompañado y reforzado, a nivel nacional, por las llamadas políticas neoliberales basadas en dos pilares. El primero es el aumento de la competencia, logrado mediante la desregulación y la apertura de los mercados nacionales, incluidos los mercados financieros, a la competencia extranjera. El segundo es una limitación de la capacidad de actuación de las autoridades públicas (Habiendo perdido gran parte de su capacidad económica estratégica a través de la privatización, el Estado también ha visto reducido su margen de maniobra fiscal por la institucionalización de su dependencia financiera de los mercados).

Un giro en dos actos

Una década después de la gran crisis financiera, la crisis de COVID-19 ha socavado seriamente este distanciamiento entre el orden capitalista globalizado y el orden político del estado nacional. El problema no es que la excesiva intervención del Estado haya obstaculizado el funcionamiento autónomo del gobierno económico. Más bien, es lo contrario.

Después de 2008, la incapacidad de los mercados financieros para gobernarse a sí mismos hizo necesaria la movilización general del poder monetario y fiscal del estado. El año 2010 se caracterizó por la masiva asistencia financiera, y aunque los mercados mantuvieron una apariencia de funcionamiento normal sólo lo hicieron al precio de una adicción a los esteroides monetarios suministrados por los bancos centrales.

En 2020, con la aparición de la pandemia y su experiencia traumática los “infalibles” mercados se muestran totalmente inútiles. Con la COVID-19, la lógica competitiva aparece atrapada en una completa irrelevancia. Como individuo vulnerable o como empresa transnacional, todos buscan la protección del Estado.

El 29 de marzo, Boris Johnson, confinado en su oficina, rinde homenaje a los cuidadores y concluye «Existe una cosa llamada sociedad». Dijo exactamente lo opuesto a Margaret Thatcher y pareciera que estaba certificando el deceso del thatcherismo.

La bestia neoliberal era dura, ya no lo es más. Por supuesto, el hecho de que esta sentencia haya sido formulada por un Primer Ministro conservador británico habla por sí mismo. Significa algo que es muy simple y muy problemático para la izquierda. Hay un futuro para el capital más allá del neoliberalismo.

Con este concepto del capitalismo neoliberal en crisis debemos abordar la nueva situación; las principales coordenadas son los límites del activismo de los bancos centrales, el retorno de la deuda como tema clave y las consecuencias de la suspensión de la regulación competitiva.

La crisis financiera que no ocurrió

El centro de gravedad de la gestión sistémica se ha desplazado con la reversión de la relación de dependencia entre los mercados financieros y las autoridades públicas. Ya no son los mercados financieros los que asignan recursos e imponen sanciones, sino que son los Estados y los bancos centrales los que apoyan a los agentes económicos aliviando las restricciones presupuestarias mediante condiciones de crédito hiperactivas y una distribución de recursos financieros y garantías públicas.

Los bancos centrales aleccionados – por el precedente de 2008 – no tardaron en sacar la bazuca. A mediados de marzo, la Reserva Federal de los Estados Unidos se embarcó en un programa ilimitado de recompra de valores (deuda pública, deuda corporativa, deuda inmobiliaria, deuda del gobierno local, etc.).

En Europa, después de una primera lucha – que durante unos días dejó a los inversores italianos en estado de pánico por la acción de los especuladores – el BCE tomó la misma ruta. Su programa de recompra de la deuda pública y de la deuda de las grandes empresas supera los 1.000 millones de euros, lo que representa el 8% del PIB de la zona, es decir, unos 3.000 euros per cápita. Además, existen múltiples canales de apoyo a los bancos, incluida la flexibilización de los requisitos establecidos.

Si bien, a diferencia de 2008, el estallido de la tormenta COVID-19 no puede atribuirse directamente a los mercados financieros, obviamente estos no ayudaron a contener la conmoción. Por el contrario, su estabilización requería una intervención del estado masiva y rápida. Entonces, lo dicho por Minsky – “la intervención pública es obligatoria ante el aumento de la inestabilidad financiera” – se confirma con este nuevo episodio.

A pesar que las economías se hunden en la depresión, es particularmente sorprendente que el desplome del mercado de valores en marzo no haya continuado. En junio, los mercados bursátiles volvieron a un nivel de valoración cercano al altísimo nivel alcanzado a principios de año, después de una década de continuo aumento.

Este inesperado rebote es la consecuencia directa de la intervención masiva de los bancos centrales. En un mundo en el que la actividad se está derrumbando, los bancos centrales son el seguro de todo riesgo de los inversores. Protegen la riqueza financiera apoyando directa e indirectamente el valor de todos los activos financieros. Proporcionan una validación política al capital ficticio; los beneficios esperados para el futuro están de alguna manera garantizados por el estado soberano.

Hay dos mecanismos en funcionamiento. En primer lugar, al recomprar la deuda (sin prestar demasiada atención a su calidad) los bancos centrales garantizan que las grandes empresas no tengan problemas de liquidez a medio plazo. En segundo lugar, al volatilizar los mercados de la deuda y empujar los rendimientos, están haciendo que los inversores se desplacen a los mercados de valores, que apoyan mecánicamente los precios de las acciones.

A pesar de este billonario salvataje la comunidad financiera está considerando pedir más. En Japón, el banco central ya tiene más del 8% de la capitalización del mercado del país y, el año pasado, sintiendo el mal viento que se avecinaba, el fondo de inversión Blackrock rogó al BCE que comprara directamente sus acciones.

Deshacer la deuda

Por supuesto, lo que distingue a 2020 de 2008 es que esta vez los poderes públicos han tomado, de hecho, el control de la mayor parte de la vida económica y no sólo del sector financiero. En abril, en el punto álgido de la crisis, Emmanuel Macron hizo una declaración sin ambages sobre este tema:

«Hemos nacionalizado los salarios, las ganancias y pérdidas de casi todos nuestros negocios. (…) El trabajo a corto plazo es la nacionalización de los salarios. Todos los planes de garantía o ayuda, el fondo alemán de 50 mil millones, o el fondo francés de 20 mil millones para comerciantes y otros, se llama nacionalización de las cuentas de explotación de los comerciantes y empresarios”.

Para evitar la «evaporación», el capitalismo se suspendió de alguna manera; el sistema vive en los ganchos del Estado. Y está lejos de haber terminado. En Francia, al igual que en Estados Unidos y Alemania, los empleadores piden más apoyo y adoptan un argumento keynesiano impecable: esto es lo que ha dicho Geoffroy de Bezieux , presidente de la patronal francesa (Medef) : «El endeudamiento del Estado aumentará, por supuesto. Pero sin un estímulo masivo, la contracción de la economía aumentará aún más la deuda, porque habrá menos ingresos fiscales. Apostamos a que sólo recreando la riqueza  pagaremos la deuda, no permitiendo que la economía se derrumbe. »

Olvidando la falsa analogía entre los presupuestos de los hogares y los del Estado, la patronal viene a decir que hay que dejar que el déficit público crezca porque, al estimular la economía, se ayuda a reducir la deuda.

La cuestión de la deuda es un tema candente porque el mundo en su conjunto tiene un nivel de deuda mucho más alto que en 2008. Zambia, el Ecuador, el Líbano, Ruanda y la Argentina son sólo los primeros nombres de una lista de países en desarrollo al borde del incumplimiento. Pero el problema también existe en los países ricos.

Los países de la OCDE cuyas finanzas aún llevan las cicatrices de 2008 experimentarán coeficientes de endeudamiento superiores al 120% del PIB, un nivel no visto desde la Segunda Guerra Mundial.

Los actores privados también están expuestos. No solo los hogares, muchos de los cuales están estrangulados por el aumento del desempleo, también ocurrirá con las grandes empresas. Estas últimas han aprovechado las bajísimas tasas de los últimos años y ahora se apresuran a utilizar las líneas de crédito abiertas y garantizadas por las autoridades para hacer frente a la caída de la actividad.

El aumento del endeudamiento implica que la economía ya no se enfrenta a dificultades temporales para acceder a la liquidez, sino a un problema estructural de solvencia, es decir, a la incapacidad de reembolsar las deudas.

Para el director de Fidelity (un importante fondo de gestión de activos) los recursos necesarios para reembolsar los fondos públicos que las empresas han recibido de los gobiernos o de los bancos centrales son tan grandes que la deuda «se cancelará o aparecerá en el balance produciendo un efecto deprimente en la economía». Las finanzas exigen que sea borrada la deuda empresarial , o de lo contrario éstas traerán la depresión.

El debate sobre la cancelación de la deuda pública, familiar y empresarial, que ya era fundamental en 2008, vuelve ahora con renovado vigor, pero con líneas divisorias cambiantes.

François Villeroy de Galhau, Gobernador del Banco de Francia se ha visto obligado a declarar que «este dinero tendrá que ser devuelto un día, después de la emergencia sanitaria, después de la recuperación y la reanudación de la actividad…”  Pero, si el gobernador  del Banco de Francia eligió hacer de esta frase su corazón y sus sentimientos dicen otra cosa.

Por el lado de la OCDE, Laurence Boone, el economista jefe de la institución, considera lo impensable hace algún tiempo :» que los presupuestos sean financiados por un aumento permanente de la oferta monetaria ( creada por los bancos centrales) no debe dar lugar al miedo a un proceso inflacionario. Este no ocurrirá mientras el crecimiento siga siendo inferior al potencial y se respete la independencia del banco central. Esto tranquilizará a los mercados sobre la capacidad de los gobiernos para apoyar la economía. »

Así que habrá dinero mágico. Este argumento ya no es exclusivo de los defensores de la Teoría Monetaria Moderna. Ahora todos se plantean, desbloquear recursos para la lucha contra la pandemia, facilitar la atención domiciliaria, cancelación de deudas, suspensión de facturas, emplear a los desempleados…».

¿Pero cómo va a pagar el gobierno todo esto?, se pregunta la economista Pavlina Tcherneva: «No se necesita una pandemia o una guerra mundial para recordar a los ciudadanos que el gobierno de EEUU se autofinancia. Las instituciones financieras públicas de América (el Tesoro y la Reserva Federal de los EE.UU) se aseguran de que todas las facturas del gobierno se paguen, sin hacer preguntas”.

Tanto para Boone como para Pavlina Tcherneva en los países ricos (en aquellos cuyos gobiernos están endeudados en su propia moneda) la deuda pública no es en sí misma una restricción al gasto público. Las únicas limitaciones son los recursos realmente disponibles: las competencias, las existencias de materiales y maquinaria, el estado del medio ambiente, la calidad de los procesos políticos y sociales, etc.

Por lo tanto, es muy razonable argumentar a favor de la monetización de la financiación de la economía, ya sea en forma de cancelación de la deuda pública por el Banco Central Europeo, o incluso mediante contribuciones monetarias directas a los ciudadanos, o una moratoria temporal de la deuda de los hogares y las empresas.

El retorno de la política

Al parecer, si el neoliberalismo es derrotado, lamentablemente no será mediante una movilización social victoriosa. Es un colapso interno, el que permitirá el regreso de la política que los fanáticos del neoliberalismo esperaban dejar atrás.

Tal vez el acto más sintomático es la decisión del Tribunal Constitucional alemán sobre el programa de recompra de acciones del BCE. Al exigir al Banco Central Europeo que demuestre que «los objetivos de política monetaria perseguidos por el CPSP no son desproporcionados a los efectos de política económica y fiscal resultantes del programa», el tribunal está pidiendo lo imposible.

La política monetaria no puede separarse de la política económica en su conjunto, porque las decisiones de política monetaria tienen efectos considerables en el empleo, la remuneración, el ahorro, las finanzas públicas, el valor de los activos financieros y las desigualdades.

Es cierto que esta decisión judicial se inspira en consideraciones conservadoras, pero la lógica del juicio es implacable: un banco central independiente no puede hacer política. Por lo tanto, hay dos cosas: o bien el banco debe reducir considerablemente su intervencionismo, o bien su acción debe ser objeto de una deliberación democrática.

Como la primera opción es impensable en el contexto actual, la independencia de los bancos centrales , quizás el mayor  triunfo neoliberal, ahora está en el banquillo de los acusados.

Por el momento, esto está forzando a las instituciones europeas a un peligroso ejercicio para recuperar el margen de maniobra. El plan de recuperación europeo es en parte el resultado de esta situación de fragilidad jurídica en la acción del Banco Central Europeo.La situación nos lleva a prever un aumento del poder fiscal y, por tanto, un aumento del poder político de la UE. Aunque esta eventualidad sigue siendo incierta y la amplitud del movimiento sigue siendo limitada, el tabú de la mutualización ha caído del otro lado del Rin, lo que constituye un primer paso en el único camino para escapar a la desintegración de la Unión [1].

Al mismo tiempo, el discurso sobre la soberanía económica se hace oír cada vez más fuerte. Tras el nacionalismo sin complicaciones de Donald Trump, la Unión Europea moviliza a su vez la retórica de la amenaza china para defender sus intereses.

Por razones de seguridad nacional o para salvaguardar la capacidad industrial, se están imponiendo restricciones a la inversión extranjera -un obstáculo a la libre circulación de capitales- y cada vez son más frecuentes las participaciones públicas en empresas estratégicas. Al mismo tiempo – en un momento en que se multiplican las disputas comerciales- se exige la introducción de un impuesto sobre el carbono en las fronteras.

Más anecdótico, pero sin embargo revelador, los «palomos»- esos empresarios de la economía digital francesa- que se rebelaron contra el impuesto en Holanda – piden ahora a gritos dinero público: su plan de reorientación exige una vigorosa intervención del Estado mediante inversiones en infraestructuras, inyecciones de capital, órdenes públicas y un vasto programa de formación.

Detrás de estos retrocesos hay una verdadera desorientación de las clases dominantes. En cuanto los mercados financieros, estos ya no pueden ser la sede de la coordinación económica, las señales de precios que emiten ya no pueden pretender reflejar el rendimiento en condiciones de competencia. Todo el edificio ideológico neoliberal se rompe y el estado re-aparece como la gran figura coordinadora.

Después del neoliberalismo

La secuencia abierta en 2008 continúa hasta hoy. Es la crisis del capitalismo neoliberal. Es una gran crisis que constituye un momento intersticial entre dos configuraciones político-económicas.

Los norteamericanos de la escuela de regulación hablan de estas configuraciones de estructuras sociales de acumulación (SSA). Sostienen que en una estructura social de acumulación con un régimen capitalista se debe: promover eficazmente la obtención de beneficios, pero las instituciones deben garantizar el crecimiento económico estimulando la demanda, y a la vez estabilizando las relaciones de clase.

La gran crisis del capitalismo neoliberal es la de los límites de la regulación dominada por los mercados financieros globalizados. La situación de los últimos meses agrava un dilema que ya se ha puesto de manifiesto en la última década en los debates sobre el gran estancamiento.

Por un lado, cualquier gestor de fondos de inversión explica siempre a los accionistas: «el capitalismo sin quiebra es como el catolicismo sin infierno», es decir, los mercados sólo pueden ser eficientes si existe una amenaza creíble de fracaso. Pero lo que hacen precisamente las ayudas masivas a las empresas, el acceso ilimitado al crédito y las medidas monetarias excepcionales es suspender la disciplina competitiva. Privado del mecanismo de regeneración de la destrucción creativa, el capitalismo está poblado de empresas zombis con una productividad estancada.

Por otra parte, restablecer la disciplina del mercado es inconcebible: en un momento en que muchas empresas están al borde de la quiebra, cualquier aumento de las tasas o el endurecimiento de la restricción presupuestaria precipitará el sistema a una cadena de quiebras y a una depresión catastrófica.

Desde el punto de vista de los neoliberales, los años 2010 fueron un período de espera ansiosa con la esperanza de que esta contradicción pudiera ser superada con un dinamismo renovado. La crisis actual suena como la sentencia de muerte para tales fantasías.

No se sale de una crisis estructural sin una gran reestructuración institucional. El precio que hay que pagar para superar – simultáneamente – la esclerosis y la amenaza de la depresión es tocar la centralidad de los mercados financieros, es decir, el corazón de la lógica neoliberal. Por lo tanto, lo que está en juego en este momento es la definición de un nuevo régimen de regulación económica en el que los Estados, en función de su posición en la cadena imperialista, recuperan un papel central en detrimento de los mercados financieros.

En la conclusión de «El auge y caída del capitalismo neoliberal», publicada en 2015, David Kotz señala que los Estados Unidos ya han experimentado fases de alternancia entre formas de capitalismo liberal y controlado a principios del siglo XX y luego en los años treinta. Según su lectura, hoy estaríamos en esa fase.

Ante el estancamiento de la configuración neoliberal, el escenario más probable es el de un reordenamiento institucional que lleve a la formación de una regulación socioeconómica neo-dirigista. Kotz prevé tres escenarios: una ruptura eco-socialista que anunciaría un nuevo modo de desarrollo, un renacimiento socialdemócrata que llevaría a una reducción de las desigualdades pero que se toparía con los límites ecológicos del productivismo, o una re-regulación dominada por el capital, de la cual el fordismo de derecha es una figura posible

La posibilidad de una re-regulación del capitalismo por la derecha es todavía difícil de comprender. Sin embargo, podemos aventurar dos observaciones.

En primer lugar, hay que tener en cuenta que la autorregulación como tal no implica ninguna tendencia progresista. El daño del neoliberalismo en las condiciones de empleo tendrá un impacto duradero. La mercantilización de la relación salarial podría incluso seguir aumentando, aunque el sector financiero esté más regulado, el crédito se reorientaría hacia usos productivos y el comercio internacional estaría más controlado.  El nacionalismo económico también puede ser decisivo en un intento de desactivar el conflicto de clases, lo que debilitaría aún más los derechos sociales.

En segundo lugar, el aumento del poder de la intervención estatal lleva consigo las semillas de una intensificación del conflicto político. En efecto, mientras que la lógica del neoliberalismo tiende a ocultar los mecanismos económicos – tras el fetichismo de los intercambios de mercado – la intervención pública los hace más directamente transparentes.

Un mayor autoritarismo en las teatros nacionales y un resurgimiento de los conflictos geopolíticos interestatales, producidos por importantes desequilibrios internacionales, pueden ser, por lo tanto, los subproductos del neo-dirigismo. Y así el internacionalismo y las batallas democráticas recuperarán el filo anticapitalista que el neoliberalismo les ha privado.

Notas: (1) Por supuesto, el autoritarismo antisocial sigue siendo la regla, ya que el acceso a los fondos europeos está condicionado a medidas de competitividad. La idea de un acuerdo contractual ( mencionado ya en 2012 en el informe Van Rompuy) propone que las reformas estructurales se apoyaran con incentivos financieros dando lugar a transferencias temporales a los Estados que sufren «debilidades estructurales excesivas».

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Capitalismos en crisis, necesidades de estímulos https://www.attacaragon.es/capitalismos-en-crisis-necesidades-de-estimulos/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=capitalismos-en-crisis-necesidades-de-estimulos Fri, 31 Jul 2020 07:20:13 +0000 https://www.attacaragon.es/?p=18979 Por Carles Manera En un reciente libro, Branko Milanovic (Capitalismo, nada más. El futuro del sistema que domina el mundo, Taurus, Madrid, 2020) se pregunta qué tipo de capitalismo puede triunfar en el futuro. La afirmación [...]

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Por Carles Manera

En un reciente libro, Branko Milanovic (Capitalismo, nada más. El futuro del sistema que domina el mundo, Taurus, Madrid, 2020) se pregunta qué tipo de capitalismo puede triunfar en el futuro. La afirmación supone diferentes tipologías del capitalismo, que se bifurcan y coexisten en el sistema económico; en esencia: el capitalismo político y el meritocrático. Sin embargo, el autor defiende que, con todo, el capitalismo es el único gran modelo plausible. De alguna manera, esta idea de Milanovic –el capitalismo entendido en sus diferentes formas, algo que suele ignorarse con frecuencia– recuerda los estudios ya clásicos de Anthony Wrigley (Cambio, continuidad y azar: carácter de la revolución industrial, Crítica, Barcelona, 1988), cuando explicaba la existencia de dos tipos de capitalismo en los albores de la revolución industrial y, por consiguiente, dos tipos de crecimiento: el orgánico, sustentado sobre recursos naturales como el agua, el viento, el aire o la fuerza muscular; y el mineral, edificado sobre la combustión de energías fósiles. Poco o bajo crecimiento de la productividad en un caso (la economía orgánica) frente a la elevación de la productividad por superación de los estrechos límites de la naturaleza (la economía mineral). A su vez, la tesis del “triunfo” del sistema económico capitalista, que Milanovic desgrana con grandes matices y datos a lo largo de su trabajo, parece que diera la razón a Francis Fukuyama (El fin de la Historia, Crítica, Barcelona, 1992), en su teoría que, en síntesis, defiende la universalización de la democracia liberal occidental como forma final de gobierno humano (Josep Fontana publicó una crítica demoledora e inmediata a la aportación de Fukuyama, en La historia después del fin de la historia, Crítica, Barcelona, 1992).

Como se decía, Milanovic nos habla del capitalismo político y del capitalismo meritocrático. El primero, que el autor define también como “autoritario”, está representado por China y se ha extendido a otros países de Asia –Singapur, Vietnam, Birmania– y de Europa y África –Rusia y naciones del Cáucaso, Asia Central, Etiopía, Argelia y Ruanda–. El segundo tipo de capitalismo, el meritocrático liberal, se ha expandido de forma gradual en Occidente en los últimos doscientos años. Lo subrayable de la aportación de Milanovic es que realiza un análisis profundo de ambas tipologías, a la vez que concluye que el capitalismo ha conseguido un éxito importante en la transmisión de sus objetivos, convenciendo a la población. La filosofía de John Rawls (Teoría de la justicia, FCE, México, 1971) se encuentra en esta idea del economista, en una dirección: que las acciones cotidianas de los individuos manifiestan y refuerzan los valores generales en los que se sustenta el sistema social. Ambos capitalismos compiten entre si, y tal vez sea este el gran contexto general en el que se va a mover el desarrollo de la economía mundial en los próximos años, con contradicciones de gran calado. La más importante, sin lugar a dudas, va a ser el impacto ecológico que, tanto uno como otro capitalismos, están infringiendo al capital natural y los activos ambientales de la naturaleza: un factor que debería pesar cada vez más en el cuadro de decisiones de las políticas económicas.

Ahora bien, sea cual sea el capitalismo que analicemos, siguiendo la estela de Milanovic, se comprobará el desafío determinante de los procesos de crisis económica. Y la adopción de respuestas distintas ante ella, en función de las características sociales, económicas y culturales. Hoy, la crisis del coronavirus ha inducido cambios en las pautas de gobiernos e instituciones, en relación a la recesión de 2008. He aquí el principal estímulo catalizador en el marco de esta crisis: la actuación abierta de los bancos centrales y la actitud de los gobiernos, que han puesto en marcha amplios programas de inversiones. Todo muy diferente, como se decía, a lo que se ejecutó durante la Gran Recesión, con recortes sociales y rescates bancarios. Lo hemos visto –lo estamos viendo– en todo el mundo: sea cual sea la tipología del capitalismo que escrutemos. Por ejemplo, la Reserva Federal de Estados Unidos ha reducido los tipos de interés a corto plazo a cero, y se ha comprometido a comprar bonos gubernamentales en cantidades ilimitadas y adquirir montos específicos de deuda corporativa. Esto ha venido acompañado de una gran respuesta fiscal: expansión de los subsidios de desempleo, inyecciones directas de dinero y préstamos a pequeñas empresas. Factores que han contribuido a dar soporte a los precios de las acciones al aumentar la liquidez del mercado, reducir el coste de los préstamos, proporcionar financiación a las empresas y ayudar a incrementar la confianza empresarial. Algo parecido ha hecho el Banco Central Europeo y, por supuesto, otros reguladores. La reducción de los tipos de interés también es positiva para los mercados, ya que aumenta el valor presente de las ganancias futuras para los accionistas. Ahora bien, a pesar de toda la liquidez que se está inyectando, es posible que no sea suficiente para mantener la pulsión de los negocios y, a su vez, espolear  a los consumidores. Es muy razonable pensar que los ingresos se mantengan a la baja en los próximos meses, al tiempo que muchas empresas tengan dificultades para pagar sus deudas. Esto acrecienta el riesgo de una ola de impagos y quiebras. Otoño e invierno difíciles.

En este sentido, la profesora Mariana Mazucatto señala que el capitalismo (en todas sus acepciones) se enfrenta a tres grandes crisis (véase sobre todo: El valor de las cosas: quién produce y quién gana en la economía global, Taurus, Madrid, 2019). Una primera, sanitaria, inducida por la pandemia, que ha aguijoneado una segunda: la crisis económica, con consecuencias todavía desconocidas para la estabilidad financiera. Pero todo ello se enmarca en una tercera crisis, la climática, que no admite respuesta dentro del paradigma actual. Esta triple crisis ha revelado varios problemas en el modelo de capitalismo actual, que deben resolverse íntegramente mientras al mismo tiempo enfrentamos la emergencia sanitaria inmediata. La triple crisis, según Mazucatto, debe inferir escenarios de oportunidades, de repensar los modelos de crecimiento, para evitar lo ya conocido en la crisis financiera de 2008. Entonces, recuérdese una vez más, las autoridades inundaron el mundo de liquidez sin dirigirla a buenas oportunidades de inversión. El dinero se canalizó de nuevo hacia un sector financiero incapaz de cumplir su función.

La crisis del coronavirus, además, está exponiendo con mayor énfasis los defectos en las estructuras económicas. Citamos a continuación tres factores importantes –que no son únicos–, que tienen la característica de articular mercados laborales y estrategias de inversión:

  • Persiste la creciente precariedad del trabajo, debida al surgimiento de la economía de plataformas y a décadas de deterioro del poder de negociación de los sindicatos.
  • Los gobiernos están dando préstamos a las empresas en un momento en que la deuda privada ya se encuentra en un nivel históricamente alto. No debe olvidarse que un elevado techo de deuda privada provocó la crisis financiera global. E incluso que países que alardean de disfrutar de una cierta salud financiera –como es el caso de Holanda–, tienen bajo sus pies las arenas movedizas de una descomunal deuda privada. Un factor que, sin duda, debió esgrimirse por parte de los países del sur, en las negociaciones recientes de los fondos de reconstrucción europea.
  • Un sector empresarial muy “financiarizado” ha drenado esfuerzos económicos para premiar a los accionistas, con planes de recompra de sus títulos. Este planteamiento se ha opuesto a consolidar el crecimiento a largo plazo, con inversiones estratégicas como las orientadas a investigación y desarrollo, mejoras salariales y capacitación de los trabajadores. Tales propósitos, de haberse llevado a término, mejorarían la capacidad de consumo y proporcionarían resortes económicos para las clases medias y más vulnerables de la sociedad. No hacerlo dejó a los hogares desprovistos de colchones financieros, lo que les ha dificultado el acceso a bienes básicos como la vivienda y la educación.

La crisis del coronavirus está exacerbando estos problemas, sólo enunciados, y otros que se derivan de ellos. Pero, a su vez, esto nos permite considerar los errores de nuestro modelo productivo, y las posibles vías para re-direccionarlo. Se trata, en definitiva, de no eludir el pensamiento estratégico, la planificación estratégica, para observar nuevos horizontes para un crecimiento más inclusivo, con los ejes esenciales de los ODS de las Naciones Unidas. Urge evitar –no nos cansaremos de repetirlo– los errores cometidos tras el estallido de la Gran Recesión, cuando los rescates permitieron a las corporaciones aumentar todavía más sus ganancias al terminar la crisis, sin apuntalar las bases para una recuperación sólida e inclusiva. Con la crisis del coronavirus, el Estado y las instituciones económicas están siendo otra vez actores principales: protagonistas en el alcance importante de la política monetaria, y fraguadores de pactos en la política fiscal. Esto infiere proveer soluciones inmediatas, pensadas de modo tal que sirvan al interés público en el largo plazo, como por ejemplo:

  • La incentivación a las empresas para eludir las recompras de acciones; es decir, promover y agilizar inversiones que supongan des-carbonización de las economías. Esto afecta a geografías distintas: el ámbito nacional y, también, las perspectiva regional del crecimiento.
  • La programación de inversiones, canalizadas desde los Estados, en áreas como la inteligencia artificial, la salud pública, las energías renovables, etc., sectores que infieren multiplicadores fiscales elevados, en contraste con las inversiones llamemos más convencionales. Esta crisis es un recordatorio de que también necesitamos Estados que sepan cómo negociar –seguimos a Mazucatto–, para que los beneficios de las inversiones hechas con dinero público vuelvan a la sociedad de donde procede.

A nuestro juicio, la base estratégica se edifica en una expansión de la inversión pública, un planteamiento que parece haber calado en los planes de reconstrucción europea, a tenor de las informaciones disponibles y la concreción de 750 mil millones de euros como gran palanca de desarrollo económico. Los recursos se deberán obtener, de forma inmediata, a partir de peticiones de crédito y/o transferencias directas de capital, en forma de deuda perpetua. Y todo esto debe estar condicionado, en esta etapa de gran necesidad inversora, a una mayor flexibilidad por parte del BCE en sus requerimientos y exigencias. El retorno de la deuda debería ser uno de los grandes debates europeos, que favorezcan así una recuperación más simétrica. Si se quiere hacer viable la deuda, con distintos planes de re-estructuración, el avance de la inversión pública va a ser crucial, siempre, empero, con la superación de la idea de un Estado ingenuo que paga desperfectos y los “socializa”, pero que es inocuo para exigir contrapartidas a quienes auxilia. Por el contrario, las políticas de austeridad expansiva no han supuesto, en el pasado inmediato, una contracción importante de la ratio deuda/PIB, sino que ese cociente ha aumentado. Pero estos resultados –como ya hemos escrito en otras ocasiones– no amilanan las propuestas de austeridad espansiva, observables en recientes aportaciones del malogrado Alberto Alesina (The Effects of Fiscal Consolidations: Theory and Evidence, Cambridge, MA, 2017) y de sus numerosísimos e incondicionales seguidores.

La crisis del coronavirus ha puesto de manifiesto tanto la debilidad de nuestra economía y sistema de protección social, como la necesidad de superarla mediante la acción colectiva planificada, solidaria y en cooperación con el resto del mundo. La inversión pública debe jugar un rol fundamental en este escenario. Las medidas de consolidación fiscal, si se aplican, inferirán la estagnación económica: más contradicciones en el sur y en las clases sociales más vulnerables. Evitemos esto con discurso propio, basado en el rigor, y en una opción de economía política que preserve los bienes públicos como bienes del común.

Carles Manera, Catedrático de Historia e Instituciones Económicas, en el departamento de Economía Aplicada de la Universitat de les Illes Balears. Doctor en Historia por la Universitat de les Illes Balears y doctor en Ciencias Económicas por la Universitat de Barcelona. Consejero del Banco de España. Consejero de Economía, Hacienda e Innovación (desde julio de 2007 hasta septiembre de 2009); y Consejero de Economía y Hacienda (desde septiembre de 2009 hasta junio de 2011), del Govern de les Illes Balears. Presidente del Consejo Económico y Social de Baleares. Miembro de Economistas Frente a la Crisis Blog: http://carlesmanera.com View all posts by Carles Manera →

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Europa, entre la mascarilla y el enmascaramiento https://www.attacaragon.es/europa-entre-la-mascarilla-y-el-enmascaramiento/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=europa-entre-la-mascarilla-y-el-enmascaramiento Thu, 30 Jul 2020 06:57:33 +0000 https://www.attacaragon.es/?p=18975 El plan de recuperación viene a tratar de salvar el lugar del continente en el mundo cuando el eurocentrismo es insostenible, aunque a los europeos les cueste desprenderse de esa propia imagen tan trasnochada como [...]

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El plan de recuperación viene a tratar de salvar el lugar del continente en el mundo cuando el eurocentrismo es insostenible, aunque a los europeos les cueste desprenderse de esa propia imagen tan trasnochada como indefendible

José Antonio Pérez Tapias

¿Solidaridad o intereses? ¿Incompatibles, complementarios, cómo se conjugan, dónde se halla la primacía…? Son preguntas que emergen en esta accidentada península que Eurasia tiene en su extremo occidente, que ha podido comprobar cuáles son sus confines durante la pandemia de covid-19 que la ha azotado en los últimos meses –como a tantas otras partes del mundo– y que sigue haciendo valer su látigo con los amenazantes rebrotes de contagios que afloran por doquier. Sumando confinamientos en sus diferentes países, la “provincia europea” ha constatado cuáles son sus límites. No nos referimos meramente a los geográficos, sino a los económicos y políticos, cuando en la angostura del espacio europeo ha habido que hacer frente a una inesperada crisis sanitaria, con su cara más trágica en las decenas de miles de muertos acumulados en las morgues de muchas de nuestras ciudades. El gigante económico que es la Unión Europea, con su pesada maquinaria política, no sólo recibió –como tantas veces se ha dicho– una fuerte cura de humildad de la que aún andamos convalecientes; se sometió sin que le preguntaran a una dosis de caballo del más crudo realismo. Es verdad que, en cuanto se pudo, se anunció la inminente llegada de una “nueva normalidad”, sin reparar en que cualquier normalidad de la que se hablara era ansiada por cuanto reprodujera la vieja, lo cual incrementaba el fiasco de una realidad que de momento no es como antes, aunque se quiera. La economía, por ahora, no lo permite; y la política, desde las etapas más crudas de la crisis sanitaria, ya pudo entrever que algo cambiaba, no se sabía hacia dónde. Cuando en medio de la fase más letal de la pandemia a Italia le llegó ayuda de Rusia, de China… ¡y de Cuba!, eso mismo anunciaba que Europa en sus confines se enfrentaba a una situación nueva en la que su tradicional aliado, los EE.UU., estaba ausente y donde a la alianza de defensa por excelencia, la OTAN, no se la esperaba.

Una Europa descolocada en el mundo trata de recolocarse bajo la bandera de la solidaridad intraeuropea

En medio de la pandemia, algunas luces de alarma se encendieron en los mapas geopolíticos de las cancillerías europeas, todavía con olor a naftalina eurocéntrica, pero conscientes a la fuerza de que el viejo eurocentrismo, eso que fue tan moderno, era una ridiculez planetaria. Fueron aquellas lucecitas de alarma las que en unos meses se trocarían por los focos que han iluminado un millonario Plan de recuperación a escala europea, generado desde la misma Unión Europea –cosa antes no vista que lleva a hablar de “hecho histórico”–, por el cual los europeos nos felicitamos y nuestros gobernantes coleccionan merecidos aplausos. Una Europa descolocada en el mundo trata de recolocarse bajo la bandera de la solidaridad intraeuropea. Los confines son determinantes.

Después de apretadas negociaciones en el Consejo Europeo durante cinco días con sus noches –es la escenografía habitual, como si un acuerdo que no sea in extremis viera rebajado su valor–, la fumata blanca del Plan de recuperación para Europa permitió que en su mástil de humo benéfico se izara la estrellada bandera azul en la madrugada inolvidable del pasado 21 de julio. La más que respetuosa cantidad de 750.000 millones de euros bien merecía todos los honores, máxime cuando tal monto respondía a una fundada demanda de solidaridad que efectivamente se canalizará hacia los países de la Unión Europea más perjudicados por la pandemia; no sólo en vidas de sus ciudadanos y ciudadanos, sino también, por la misma crisis sanitaria, más dañados en sus economías y en sus dinámicas sociales. Tal solidaridad, por lo demás, se presentaba a la vez como indispensable para salvar la cohesión de una organización supraestatal que ante las respectivas ciudadanías de sus Estados miembros no podía aparecer desentendiéndose de ellas y ahondando líneas de fractura entre unos países y otros. Siendo esa solidaridad intraeuropea el dique contra una avalancha más que posible de economías en quiebra, cual pandemia incluso de “coronahambre” a riesgo de cebarse sobre amplias capas de la población, vale considerar el Plan de recuperación acordado como una gran mascarilla para impedir contagiosas catástrofes económicas con graves amenazas de consecuencias socialmente letales.

La mascarilla, metáfora de la solidaridad

La mascarilla que portamos millones de ciudadanas y ciudadanos como práctica de autoprotección y gesto de responsabilidad solidaria –no olvidamos los preocupantes casos de irresponsabilidad que supone el desprecio de su uso– la podemos considerar a la vez como metáfora de una Europa solidaria. Hasta los mismos dirigentes del Consejo Europeo se cuidaron de utilizar mascarillas, conscientes de su eficacia preventiva y su valor icónico. Por encima de las mascarillas, las miradas de los presidentes de gobierno de Italia y España, fuertemente castigados por el coronavirus, dejaban ver sus sonrisas de satisfacción por la tabla de salvación que el Plan va a suponer para nuestros países. También, aunque su economía no se haya visto tan maltrecha, para Francia, con su presidente Macron pudiendo ufanarse del resultado conseguido, haciendo valer su papel para dicho logro en momentos especialmente difíciles para él, como se ha reflejado en las últimas elecciones en la vecina república.

El presidente del gobierno de España, Pedro Sánchez, pudo presentarse ante la prensa y ante el parlamento con motivos para celebrar un éxito negociador que no le era ajeno. Las felicitaciones se expresaban a la par que se comentaba en los medios de comunicación la oportunidad de oro que iban a suponer los 140.000 millones de euros destinados por el Plan a España para los próximos tres años a partir de 2021. El desglose de cifra tan abultada entre los 67.300 millones que nos llegarán como créditos y, en especial, los 72.700 millones que se nos entregarán como ayudas “a fondo perdido” –aunque para provechos que han de verse contrastados– es razón suficiente para congratularnos, pues además de lo que todo ello supone para reducir el déficit y aminorar la deuda del Estado español, va a permitir financiar una recuperación con las miras puestas en proyectos de transformación energética, de digitalización de la economía, de actividad empresarial vinculada al ámbito biosanitario, de infraestructuras de comunicación… Todo ello puesto negro sobre blanco en un Programa Nacional de Reformas cual hoja de ruta a seguir. La invocada necesidad de retomar una política industrial que se ha evidenciado como indispensable, sacándola del limbo a donde la mandó una mala doctrina y peor práctica de lo que suponía la integración en la Comunidad Económica Europea y luego Unión Europea, encuentra en el Plan para la recuperación una serie de mimbres que pueden ser beneficiosos para tal objetivo.

Si para las felicitaciones no hay que escatimar generosidad, tampoco el lógico entusiasmo ha de instalarnos en ninguna posición ilusa. Cualquier mirada crítica, aun congratulándose por un acuerdo que era tan necesario como difícil, puede acudir al refrán castizo de que nadie da duros a cuatro pesetas –en verdad apenas inteligible para quienes ya nacieron con el euro–, y preguntarse por cuáles son los compromisos contraídos que quedan amarrados por la “letra chica” del pacto alcanzado. Por otra parte, la misma trama desplegada a ojos vista durante el complejo proceso que ha desembocado en el acuerdo en torno al Plan muestra los antagonismos existentes en la Unión Europea, que no desaparecen por un pacto con cesiones a múltiples bandas, entre otras cosas para que la misma Unión no zozobrara. Después de la inacabada galerna desencadenada por el coronavirus, la nave europea, que ya venía tocada, no está para aguantar sin más muchas tormentas.

Los países del sur de Europa, por tanto, no dejaremos de estar bajo la mirada escrutadora de un norte que no deja de sospechar de nosotros

A nadie se le ha escapado que la divisoria principal que sigue existiendo en la Unión Europea es la de delimitar norte y sur en su seno. Ahora, cuando ya no era cuestión de aplicar medidas democidas –lo de “austericidas” fue un mal invento terminológico– para afrontar la crisis actual, muy diferente de la de 2008 en adelante por cuanto no ha sido achacable a malas políticas económicas de los países más afectados, tampoco era pertinente traer a la memoria aquel acrónimo de PIGS con que se rotuló a los países del sur europeo. Aunque para hablar de solidaridades los del norte se han autodesignado ahora como “frugales”, lo cual no deja de recordar la anterior denominación estigmatizante de los del sur por cuanto quedamos contrapuestos a aquellos como indolentes y derrochones, según tópico no erradicado. Con razón mi muy estimado filósofo marxista Ernst Bloch decía que los europeos del norte no podían presentarse inocentemente alardeando de su ascetismo, pues éste llega despojado de toda ingenuidad por el mismo emparejamiento de protestantismo y capitalismo que históricamente lo ha alimentado. Así es especialmente en los Países Bajos del Mark Rutte que tan a gusto ha jugado el papel de duro desde el trasfondo de una cultura marcada por el protestantismo ascético, es decir, el calvinismo que Max Weber puso bajo su lupa en La ética protestante y el espíritu del capitalismo. Los países del sur de Europa, por tanto, no dejaremos de estar bajo la mirada escrutadora de un norte que no deja de sospechar de nosotros, y no sólo porque subjetivamente guarden recelos, sino porque además se sienten respaldados por unas realidades económicas que marcan la distancia entre esas distintas latitudes europeas. Se oculta que los Países Bajos, por ejemplo, juegan tramposamente en la Unión con una laxa política fiscal ventajista que perjudica a los demás socios y que detrae recursos para las mismas arcas comunitarias. Pero eso se acalla para que la orquesta no suene desafinada.

Intereses tras su máscara

Hablando de un Plan para la recuperación de Europa que ha salido exitosamente adelante hay que reconocer que, como resultado, se trata de una partitura en cuya gestación e interpretación han intervenido muchas voces, desde la del italiano Conte hasta la de la presidenta finlandesa Sanna Marin –no por socialdemócrata ha dejado de jugar en el bando de los “frugales”–, pasando por la de Pedro Sánchez, tácticamente silencioso en la última etapa de las negociaciones. Siendo un coro tan heterogéneo, el que cada cual acabara desempeñando su papel se debe, sin duda, a la batuta de Angela Merkel. La canciller alemana, al frente de la Unión este semestre, no ha dejado de medir continuamente tempos y movimientos, velando por el equilibrio entre “frugales” y “no frugales” para no llegar a ese punto en que se concluyera que algo se rompió, sino, al contrario, a ese otro en el que se afirmara que algo se ganó. Si alguien, exagerando por mor de tener contenta a la peña doméstica, dijo que había ganado la Europa de Sánchez frente a la Europa de Rutte, hay que matizarle la observación señalando que en verdad ha ganado la Europa de Merkel. Esta vez Alemania no podía dejar de jugar a fondo su papel, contando con que no tenía que ser de un modo negativo que supusiera, como otrora, moverse desde la penumbra de un Banco Central Europeo teledirigido por el Bundesbank, sino que podía desempañarlo abiertamente ejerciendo un liderazgo legitimado en términos de solidaridad.

En el patio de nuestra política nacional se ha comparado –así lo ha hecho nuestro presidente del gobierno– el Plan recién aprobado con el Plan Marshall aplicado a Europa occidental tras la II Guerra Mundial. La comparación no tiene muchos agarraderos para ser sostenida, pues ahora es la misma Europa la que financia el plan diseñado, asumiendo la Unión como tal la deuda que el mismo supone –con la contrapartida de la negativa a los eurobonos/“coronabonos” como títulos de deuda común europea para cubrir la de los Estados miembros endeudados por las coberturas y estímulos económicos que han tenido que asumir. No obstante, el caso es que algún parecido permite cierta analogía, pues si aquel plan posbélico, entre otros motivos, perseguía evitar que los países de Europa occidental quedaran de alguna forma supeditados a la órbita de la URSS, sabiendo los EE.UU. que su coste era inversión para un largo plazo que jugaría a favor de su hegemonía mundial durante medio siglo, este plan europeo en este momento crítico de comienzos del XXI viene a tratar de salvar el lugar de Europa en el mundo cuando ya el eurocentrismo es insostenible, aunque a los europeos les cueste desprenderse de esa propia imagen tan trasnochada como indefendible. ¿Cómo hacer que grandes empresas europeas, atosigadas por déficits y deudas, no fueran a caer en las redes del capital chino? ¿Cómo defender a Europa de las envolventes rusas, empezando por las energéticas? ¿Cómo eludir el castigo de los mercados a economías debilitadas y fuertemente endeudadas? La geopolítica del mercado global, aún en fase de cierta retracción de éste a causa de la “globalización de la enfermedad”, obliga a la Unión Europea a velar por sus intereses de cara al futuro en sus provincializados confines.

Si alguien dijo que había ganado la Europa de Sánchez frente a la Europa de Rutte, hay que matizarle señalando que en verdad ha ganado la Europa de Merkel

La bandera de la solidaridad, enarbolada con alivio más que razonable, se yergue sin embargo sobre una trama de intereses que no cabe desconsiderar. Lo que para unos es el primum vivere que huye del empobrecimiento y el hambre –la sombra del paro es aplastante–, para otros es la materialidad de intereses económicos que juegan sus bazas. Los Estados nacionales, revalorizados en su papel al hacer frente a la crisis sanitaria en cada uno de los países, son instrumentos indispensables para lo primero, vía políticas sociales, y piezas de intermediación para lo segundo, con una diferenciación de funciones en cuanto a gestión de intereses tan nítida en cada terreno nacional de juego como clara va a ser la orientación que la recuperación tome en unos países u otros a tenor de cómo muevan sus cartas a través de la misma Unión Europea para resituarse en el mercado global. La diferenciación norte-sur dentro de Europa tiene connotaciones neocoloniales de centro y periferia y ello no va a desaparecer por ensalmo solidario.

Como debemos ser entusiastas, pero no ilusos, hay que tener presente que aquello que no va a desaparecer, pero tampoco va a quedar desvelado, es lo que seguirá en cierto reino de sombras. Cabe decir: quedará ahora enmascarado, con la opacidad que permite la misma mascarilla de la solidaridad europea. Los especialistas en los vericuetos técnicos de los laberínticos documentos económicos de la Unión Europea ya nos han advertido de algunos elementos que no hay que menospreciar. Las famosas “recomendaciones” –¡ojo a ellas!–, que de entrada no obligan normativamente, encierran orientaciones que de hecho se convertirán en constriñentes líneas de actuación, poco menos que como condicionalidades, aunque no formuladas como tales, lo cual sería ahora políticamente incorrecto. Por tanto, una vez recomendado el mantener la reforma laboral del gobierno de Rajoy en España respecto a la cual los voceros neoliberales no se cansan de cantar sus alabanzas, ¿cómo se va a acometer la reforma de la reforma o, si el PSOE se atuviera al pacta sunt servanda, cómo se procedería a su derogación? ¡Pillen esa mosca, tan a modo de ejemplo! Podríamos seguir con el tema pensiones, o con criterios recomendados para reformas de sistemas sanitarios. Si las recomendaciones no se cumplen a opinión de cualquier Estado miembro, éste puede llevar el asunto en lo que al Estado incumplidor se refiera, pasando por determinados órganos de evaluación, al mismo Consejo Europeo para tratar de “reconducir” el curso de las cosas. Tal proceder es lo que se llama “freno de emergencia” y aunque se confía que no llegará a ser paralizante para nadie, basta su existencia para que ésta se interiorice y, con ella, incluso normas no escritas que son las que hacen innecesarios “hombres de negro” ya que el policía del rigor económico al modo neoliberal lo tenemos dentro. Como seguimos teniendo dentro de nuestra Constitución el reformado artículo 135, de triste redacción, como recordatorio de que el Pacto de Estabilidad y Crecimiento al que se remite, y actualmente “en suspenso” porque a los mismos grandes de la Unión les conviene, va a continuar sobre nuestras cabezas como instrumento de férreo control presupuestario.

La tarea, pues, para conducir políticamente la aplicación del Plan para la recuperación hacia objetivos verdaderamente transformadores, que no sean mera traslación de escala de los parámetros neoliberales sufridos, va a ser ardua y, a veces, conflictiva. Por eso es indispensable, desde el punto de salida en que estamos –no es punto cero, pues no existe nada así en la historia, por mucho que se hable de fechas “históricas”–, tener en cuenta la advertencia de Axel Honneth, uno de los representantes actuales de la Teoría Crítica, al analizar la frecuente paradoja que se presenta en la política cuando prácticas encaminadas a superar una situación acaban siendo instancias legitimadoras de procesos que terminan reforzando la situación que se quería superar. Es decir, pudiera ser que la solidaridad activada fuera la coartada legitimadora del rearme económico de una Europa neoliberal. Lo enmascarado se serviría astutamente de la mascarilla.

Dada la complejidad del momento vivido y de los procesos en marcha no está de más, cuando se saborean las mieles del éxito –no sin dejar atrás muchas desgracias– no perder de vista las causas de nuestros desastres, y no sólo las naturales. Nuestra María Zambrano, la que escribió sobre “la agonía de Europa”, hacía notar también lo riesgosos que son los caminos que llevan de la catástrofe al “éxtasis”, porque pueden ser reversibles. Hay síntomas preocupantes de cómo podemos desviarnos: los “frugales”, incluyéndose Alemania entre ellos, se han preocupado de computar en sus cálculos el “cheque” para ir resarciéndose anualmente, al modo de lo que fue desde Thatcher el “cheque británico”, de sus aportaciones a la caja común… ¿Se ha oído algo sobre lo que el Plan para la recuperación de Europa contemple respecto a la cuestión migratoria? Vuelve a ser piedra de toque que nos dirá si en la recuperación que se promueva primará la solidaridad de democracias inclusivas o los intereses de un remozado capitalismo excluyente. 

José Antonio Pérez Tapias, Es catedrático y decano en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Granada. Es autor de ‘Invitación al federalismo. España y las razones para un Estado plurinacional'(Madrid, Trotta, 2013).

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Por Diana Johnstone, desde París (Consorcio de Noticias)

La Unión Europea fracasó en su prueba de solidaridad que le demandaba la crisis por la epidemia de la COVID-19

Cuando la pandemia golpeó esta primavera quedó claro que no existe un «pueblo europeo» sino un laberinto de normas y reglamentos económicos impuestos a unos pueblos que están separados en 27 Estados.

Precisamente, las naciones latinas, Italia, España y Francia, que ya padecen un sobreendeudamiento debido en gran parte a estar atrapados en el sistema monetario del euro (totalmente fuera de su control) se vieron particularmente afectados por Covid-19. Hoy, sabemos que lo más probable es que las consecuencias económicas llega a ser devastadoras.

Líderes comprometidos con la «construcción europea», como el presidente francés Emmanuel Macron, estaba cada vez más alarmado. La insatisfacción con la UE crecía rápidamente, especialmente en Italia y en Francia.

Macron no ha llegado a ninguna parte con su promesa de obtener una UE más generosa financieramente. La política alemana por la austeridad financiera es rígida.

Pero la canciller Ángela Merkel esta vez reconoció que para salvar a la Unión Europea debía escuchar los gritos de ayuda económica del Sur. Finalmente acordó con Macron patrocinar un «esfuerzo de recuperación» para beneficiar a los países que sufren pérdidas económicas debido a la pandemia.

El mayor gasto involucrado requería la aprobación de los 27 Estados miembros, muchos de los cuales se opusieronen primera instancia. En julio, el proyecto se presentó al Consejo Europeo, organismo que reúne a los jefes de los gobiernos miembros de la UE.

El Consejo está presidido actualmente por el político belga Charles Michel, quien por cierto es primer ministro interino de Bélgica desde que el gobierno de su país colapsó en diciembre de 2018 por el tema de la inmigración. Desde entonces, ha sido imposible formar un gobierno, debido esencialmente a diferencias entre los partidos de habla holandesa de Flandes y los partidos de habla francesa de Valonia.

Es curioso, pero las instituciones de la UE que se supone deben construir una sola nación europea están situadas precisamente en Bélgica, donde los nacionalistas flamencos se mueven inexorablemente hacia la independencia de los francófonos.

El conflicto germano-latino en Europa tiene raíces profundas. Así como los flamencos se resisten a compartir los gastos sociales con los “derrochadores valones”, cuatro naciones «frugales» autodenominadas, los Países Bajos, Austria, Dinamarca y Suecia, rechazaron la propuesta de compartir la deuda con las naciones mediterráneas.

Después de cuatro días y noches de feroces disputas, amenazas y concesiones, el 21 de Julio Charles Michel y la presidenta de la Comisión de la UE, Úrsula von der Leyen, anunciaron un acuerdo que llamaron «histórico». 

Por primera vez, la Comisión recibió el mandato de endeudarse con bancos comerciales. Esto es una Unión, al más puro estilo capitalista. Sin embargo los campeones – cada vez más aislados – del federalismo europeo elogiaron el acuerdo como un paso significativo hacia los Estados Unidos de Europa.

¿Traerá el acuerdo la recuperación económica europea?

El «acuerdo histórico» del 21 de julio comprendió tanto el presupuesto normal de la UE, de un billón de euros para los próximos siete años (financiado como de costumbre por las contribuciones de los Estados miembros) y un paquete de recuperación de emergencia a corto plazo de 750 mil millones de euros, financiado por la Comisión . 

Esta suma se dividirá entre subvenciones de 390 mil millones y préstamos por 360 ​​mil millones de euros a los países que hayan sufrido un declive económico debido a la crisis de salud pública. A Italia se destinó a 172 mil millones y a España a 140 mil millones.

Apunte 1. Como Macron fue el principal campeón de este acuerdo, podría reclamarlo como una gran victoria política. El préstamo de 750 mil millones de euros se pagará en 2058 y, según cálculos complejos, lo que pagará Francia ascenderá a 82 mil millones de euros, mientras los beneficios sólo serán de 39 mil millones de euros. Eso no es mucho más que los 29 mil millones destinados a Alemania, que no sufrió tanto por Covid-19. La victoria política de Macron tiene un alto precio para los contribuyentes de su país.

Apunte 2. La supuesta generosidad hacia los países necesitados fue acompañada por un gran favor financiero para los países «frugales» (ricos). Su pérdida por tener que contribuir al préstamo de la Comisión se compensará con reducciones considerables en los montos que Austria, los Países Bajos, Dinamarca, Suecia y Alemania deben contribuir al presupuesto de la UE en los próximos siete años … esto aumentará automáticamente la contribución de Francia, Italia y España 

Apunte 3. Las subvenciones y préstamos que se distribuirán en los próximos años vienen con fuertes contrapartidas. Oficialmente, el esfuerzo de Recuperación «debe apuntar a las regiones y sectores más afectados por la crisis». En apariencia, la ayuda sería para industria turística en Italia y España. Pero esta no es la forma en que funciona el Acuerdo. Los países receptores no pueden utilizar el dinero de la manera que ellos mismos consideren adecuado a sus necesidades. Por el contrario, los planes deben presentarse a la Comisión cumpliendo ciertos criterios. El requisito previo para una evaluación positiva serán “programas concretos  para una efectiva transición verde y digital“.

el famosos paquete de recuperación de 750 mil millones no servirá para terminar con carencias de la salud pública reveladas por la pandemia

Lo que realmente significa es que el famosos paquete de recuperación de 750 mil millones no servirá para terminar con carencias de la salud pública reveladas por la pandemia. Todo lo contrario: las condiciones impuestas incluyen el cumplimiento de la exigencia de austeridad presupuestaria – a expensas de los servicios sociales – impuesto por el acuerdo “histórico”. 

En realidad la financiación se destinará a proyectos avanzados que la burocracia de la UE considere necesarios para aumentar la competitividad internacional de las corporaciones de la Unión Europea. Son los sectores de crecimiento capitalista del futuro: las energías renovables y la inteligencia artificial.

Esto significa más subsidios para las corporaciones privadas que realizan investigaciones en estos campos. Sin duda, se multiplicarán de molinos de viento cuya construcción está vaciando playas de arena para construir pilares de cemento que nadie sabe cómo desechar una vez que estos son obsoletos (lo que no lleva mucho tiempo).

La inteligencia artificial no hará nada por las personas que han perdido sus empleos en Italia y España. Por el contrario, el efecto más notable de la inteligencia artificial es la destrucción de puesto de trabajos, en particular, mediante la sustitución de seres humanos razonables por sistemas automáticos estúpidos que pueden responder a todas las preguntas, excepto la que se desean hacer.

Ciertamente, existe una necesidad de una transición energética. Pero esto no es lo que los eurócratas dicen estar abordando. En cuanto a la inteligencia artificial, nadie ha preguntado a la gente si eso es lo que quieren. Una apuesta segura es que la dichosa IA está final de la lista de deseos de la gente trabajadora.

El paquete de recuperación de la UE ilustra una vez más que la UE es una burocracia al servicio del capital, especialmente del capital financiero.

El paquete de recuperación de la UE ilustra una vez más que la UE es una burocracia al servicio del capital, especialmente del capital financiero. Las decisiones que se toman a expensas de los servicios públicos, tienen fin de promover los proyectos reivindicados por poderosos grupos de presión financiera. No es de extrañar que los mercados bursátiles europeos hayan acogido con satisfacción el acuerdo.

Pero el Acuerdo no hace absolutamente nada para liberar a Italia, España y Francia de la trampa de deuda del euro. Debido al sistema- euro, los países con problemas no pueden recurrir a sus propios bancos centrales para financiar la recuperación. Entonces sólo le queda bajar la cabeza y aceptar “obras de caridad” con condiciones.

El sentimiento a favor de restaurar la soberanía nacional crece en Francia En Italia, se organiza movimiento con un objetivo: “abandonar la UE y el Euro”. Pero las mayoría de las naciones europeas aún no tienen la energía suficiente para tomar medidas audaces, incluso para su propia supervivencia. Entonces, cuando no hay política activa gobiernan las finanzas y la burocracia.

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