El clima polarizado como síntoma del calentamiento global

Calentamiento global

El tremendo desarreglo climático que el ser humano está provocando es nuestro reto más importante. Y España está muy mal situada para enfrentarlo. Somos frontera con el desierto. Y el Mediterráneo se calienta un 20% más que la media planetaria

Por Juan Bordera

Puede que no haya mejor ejemplo de la frase “lo que pasa en el Ártico no se queda en el Ártico” que la ola de frío que estamos sufriendo. 35,6 grados bajo cero. Récord de temperatura negativa (pendiente de confirmación) en nuestro país, en Vega de Liordes, León, en los Picos de Europa. Y presidentes de comunidades autónomas, como Javier Lambán, restándole importancia al calentamiento global al ver las copiosas nevadas. Lo que se dice perder el norte. Al presidente de Aragón habría que decirle que, por favor, se informe sobre el tema, porque ha demostrado que no tiene mucha idea sobre uno de los retos más cruciales que la humanidad ha enfrentado jamás. Una persona nacida en 2014 ha vivido los siete años más calurosos desde que hay registros y, según ha reportado recientemente Copernicus, el Programa de Observación de la Tierra de la Unión Europea, 2020 ha sido el año más cálido registrado de la historia junto con 2016.

Hace unos pocos meses, en California, los termómetros marcaron 54,4 °C en el Valle de la Muerte. Fue la tercera temperatura más alta jamás registrada. Y los otros dos registros superiores son dudosos, de hace 90 años, como mínimo. El clima se está polarizando cada vez más en todo el mundo, y parece –ya sea mirando hacia el Capitolio y el terreno político, o hacia la creciente y obscena desigualdad económica acentuada en tiempos de pandemia– que las sociedades no se escapan al efecto polarizador. Cuando el estanque se seca, los peces –y al parecer también los bisontes disfrazados– se ponen nerviosos.

Estamos ya inmersos en la época del caos climático, donde olas de calor, huracanes, olas de frío, temporales… se sucederán con mayor frecuencia y dureza. Fenómenos que, como la actual ola de frío extremo, están relacionados con los efectos del calentamiento global y la amplificación polar ártica, en este caso concreto por la división del vórtice polar en dos que ha explicado el Washington Post y, sobre todo, la debilidad creciente de la corriente en chorro o jet stream polar. Simplificando, es un río de aire a gran altura –hay cinco en nuestro planeta– que al perder fuerza y ralentizarse deja de hacer de barrera natural, sus ondulaciones se ensanchan, y acaban acercando parte del habitual clima polar a latitudes templadas como la nuestra y viceversa, con las consecuencias que ello conlleva: calor y deshielo donde menos toca, y frío repentino más al sur. La anomalía climática en el mar de Kara, en el océano Glacial Ártico ruso en estas mismas fechas, es de más de 20 grados por encima de lo normal. Aunque la tendencia sea de indiscutible calentamiento global, olas de frío extremo se seguirán dando en lugares inesperados a medida que el termostato planetario se vuelva tan inestable como algunas de las criaturas que lo habitamos. Esto acentuará dramas como el que se está viviendo en la Cañada Real

El Gobierno podría enfrentarse más legitimado a ese oligopolio energético carroñero que sube el precio de la luz y el gas en plena ola de frío

El tremendo desarreglo climático que el ser humano está provocando es probablemente el reto más importante de nuestra civilización –íntimamente emparentado con la transición energética–, y España está muy mal situada para enfrentarlo. Somos frontera con el desierto. Y el Mediterráneo, entre otras razones por ser un mar cerrado, se está calentando un 20% más que la media planetaria. El Gobierno debería alzar más la voz al respecto, y liderar las transiciones ecológica y energética, en vez de demorar propuestas tan imprescindibles como la asamblea climática que demandan los movimientos sociales, y a la que se comprometió la ministra del ramo, Teresa Ribera. Las asambleas ciudadanas del clima pueden ejercer un efecto dinamizador y disruptivo tremendo, provocar que el debate trascienda y se enriquezca, y quizá así el Gobierno podría enfrentarse más legitimado a ese oligopolio energético carroñero que sube el precio de la luz y el gas en plena ola de frío, y a las grandes empresas que ahora encima se van a llevar gran parte de los fondos de recuperación, hechos a medida del sector privado. Y no vale la excusa de la pandemia: en Escocia por ejemplo, la están haciendo virtual.  

Quizá por eso, algunos de esos mismos movimientos como Extinction Rebellion exigen a los grandes medios de comunicación –grandes altavoces del poder casi siempre– decir la verdad e interrelacionar de una vez las crisis para que las personas podamos entender el cuadro general de posible colapso que enfrentaremos. La época de la posverdad que nos ha tocado vivir y que sin ninguna duda ha sido fomentada por intereses empresariales y agencias gubernamentales de ‘inteligencia’ –no podemos olvidar el negacionismo de Estado de Trump, Bush, Putin o Rajoy y su primo– les está estallando en la cara, y las imágenes de la toma del Capitolio por unos auténticos dementes son el reflejo de la decadencia de un imperio, provocado en parte por esa polarización incitada y alimentada con falsedades tan infames como que el cambio climático es un invento de los chinos. 

Hay varios libros que documentan estos hechos detalladamente, como Mercaderes de la Duda de Naomi Oreskes y Erik M. Conway, o el más reciente Perdiendo la Tierra de Nathaniel Rich. En las dos obras queda demostrada la intencionalidad de esconder la verdad sobre el cambio climático, en una extensa lista de embustes financiados por grandes empresas, principalmente energéticas, que pagaron a científicos vendidos, con la intención de otorgar credibilidad a flagrantes mentiras muy convenientes siempre a sus intereses. 

Posverdad fue la palabra de 2016 según el diccionario Oxford. Y, teniendo en cuenta que fue el año del brexit y la elección de Trump, acertaron de pleno. En su libro Dónde Aterrizar, el filósofo Bruno Latour argumenta que tanto la salida del Acuerdo de París de Estados Unidos tras la elección de Trump, como el brexit, venían a simbolizar el principio del fin de la globalización, que precisamente esos dos países habían conformado y aprovechado más que ningún otro. La pandemia está reafirmando ese proceso y las consecuencias son impredecibles. Pero en esa misma obra, Latour da una receta en mi opinión fundamental: ante la inevitable caída de las soluciones ya fallidas de la modernidad hay que ser terrestres. Tocar tierra. Volverse más locales, pero sin caer en nacionalismos exacerbados de un pasado al que no hay que volver. Más aún cuando los retos que enfrentamos son, en los casos más graves, civilizatorios. Ningún país por separado puede hacerles frente. Cooperar es imprescindible. 

Y para eso hace falta decir la verdad: decir que estamos a las puertas (en el mejor de los casos) de provocar un cambio climático irreversible y muy destructivo. Decir que la tecnología nos puede ayudar, pero no va a salvarnos. Forzar a que la política sea algo más que tímidos gestos mientras se acatan las órdenes de los mercados. Constatar que la planificación es imprescindible para redistribuir la riqueza, porque la mano invisible es mala conductora de la desenfrenada locomotora de la historia, por ser también injusta y ciega. Solo enfrentando todas esas aristas del problema y disipando el laberíntico humo de la posverdad en el que mucha gente buena sigue atrapada podríamos alcanzar a conformar un sujeto político capaz de dar la vuelta a esta situación. 

La posverdad está polarizando el mundo. Cuanto más alejadas están las opiniones extremas más amplio e irreconciliable es el espacio de entendimiento que necesitamos para cooperar. Una buena noticia es que esperpentos como el ocurrido en el Capitolio son tan absolutamente ridículos que, paradójicamente, pueden ayudar a desvelar la miseria moral de algunos mentirosos que hay que enviar al cajón del olvido. Y de paso, aplacar la sed de sus imitadores baratos.

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