España 2050 y la enfermedad imaginaria: el paro no puede bajar del 17%[i]

España 2050 y la enfermedad imaginaria

Por Antonio González, economista, fue Secretario General de Empleo en el periodo 2006 – 2008

En su inicio, el documento ESPAÑA 2050. Fundamentos y propuestas para una Estrategia Nacional de Largo Plazo, incorpora una sabia cita de Séneca (“Ningún viento será bueno para quien no sabe a qué puerto se encamina”) que, sin embargo, no parece que responda suficientemente bien al contenido del capítulo 7 referido a las deficiencias de nuestro mercado de trabajo. Que obviamente las tiene.

Para saber a qué puerto nos encaminamos y cuál es la ruta necesaria hemos de saber de dónde partimos, qué etapas hemos realizado y si éstas han constituido un éxito o un fracaso y por qué: cuál es, en definitiva, nuestro puerto de destino. Y en este sentido, el documento carece en sus aspectos fundamentales de un diagnóstico sólido y certero. O más bien, lo sustituye por una afirmación cierta pero carente de un análisis que permita extraer las causas y orientar las respuestas.

Dice así: “Por un lado, España tiene una tasa de desempleo promedio muy superior a la de la mayoría de las economías desarrolladas (del 17% en las últimas cuatro décadas, frente al 8% de la UE-8 y el 9% de la UE-28); por otro, nuestro país crea más puestos de trabajo que ninguno en tiempos de bonanza económica, pero también destruye más en tiempos de crisis. El resultado de esta dinámica es que, en 14 de los últimos 39 años, nuestra tasa de paro ha superado el 20%, una proporción desorbitada, incluso si tenemos en cuenta que las cifras oficiales de desempleo esconden un segmento importante de población empleada en la economía sumergida. Solo en una ocasión (entre 2005 y 2007) nuestra tasa de desempleo se situó cerca del promedio de la UE-8 (9%), momento en el que nuestra economía crecía al 4% y de una forma desequilibrada”.

La afirmación es exactamente en la que se basan algunos conocidos economistas partidarios de la desregulación laboral que, amparándose en el elevado promedio de los últimos cuarenta años de la tasa de paro, consideran probado que nuestro mercado de trabajo padece una terrible “enfermedad”. Una enfermedad, en su opinión, naturalmente relacionada de forma directa con la supuesta rigidez laboral y con la necesidad de abordar de manera inevitable un proceso de desregulación y reducción de los derechos de los trabajadores en muchos órdenes y particularmente en el nivel de la protección del empleo.

Pero, ¿es cierto que la tasa de paro en España refleja una resistencia intrínseca a su reducción hasta los niveles europeos, y que por lo tanto “o se hace algo” (y ya hemos dicho a qué se refieren) o España no podrá reducir el gravísimo y estructural problema del desempleo? En este artículo pretendemos profundizar en las causas que explican esa evolución a lo largo de las cuatro últimas décadas que ha dado lugar a semejante tasa promedio, y comprobar si ello responde a una enfermedad y, en su caso, si esa es la rigidez u otra distinta. Intentaremos, por otra parte, hacerlo de la forma más sintética posible.

La tasa promedio de paro oculta los periodos económicos (crisis y expansiones)

El promedio, en efecto, oculta, por un lado, que la evolución de la tasa de paro es el resultado de tres periodos de crisis y otros tantos de crecimiento y expansión de la economía. Y, por otro, que es asimismo resultado de la evolución de las dos grandes variables que la determinan: el empleo y la población activa.

En el gráfico siguiente se refleja la evolución conjunta de esas dos variables y de su resultante en términos de desempleo.

El gráfico y la tabla que lo acompaña ya permiten observar con más claridad los fenómenos ocurridos a lo largo del tiempo que explican la evolución del desempleo:

  1. A lo largo del periodo tanto el empleo como la población activa han venido creciendo de forma considerable.
  2. Sin embargo, el empleo ha venido registrando altibajos importantes de acuerdo con los ciclos económicos.
  3. Pero no así, la población activa que, hasta la última crisis y su posterior expansión, ha venido creciendo de forma intensa y acelerada en el tiempo.
  4. La tabla anexa al gráfico permite comprobar las magnitudes de la evolución del empleo: fuertes descensos en el primer y el tercer periodo de crisis (la de los años 70-80, y la crisis financiera 2007-2014), y aún más intensos crecimientos durante las subsiguientes expansiones (la de los años 80, la de 1994 a 2007, y la posterior a la crisis financiera de 2014 a 2019).
  5. De la evolución conjunta de esos altibajos del empleo y de la evolución permanentemente creciente de la población activa durante la mayor parte de esos cuarenta años se deducen las oscilaciones en el número de personas desempleadas.
  6. Todo lo cual permite constatar varias cuestiones:
    1. El mercado de trabajo español registra una muy robusta capacidad de creación de empleo, muy superior a la de los países de nuestro entorno, en los periodos de crecimiento económico. No hay, pues, una ‘enfermedad’ que explique el mantenimiento de una alta tasa de paro debida a la incapacidad para crear empleo.
    2. Pero, al igual que se crea mucho empleo, asimismo registra una fortísima tendencia a destruir empleo cuando llegan las crisis (debido a la fragilidad, temporalidad y precariedad de una parte de ese empleo), que es también mucho mayor a la de los países de nuestro entorno (y que da lugar al conocido comportamiento anómalo de la productividad por ocupado respecto a nuestros socios: en ellos cae porque destruyen poco empleo respecto a las contracciones del PIB en las crisis, aquí -al contrario- aumenta velozmente porque destruimos mucho más empleo que las caídas de la producción). Aquí sí que se evidencia una grave enfermedad. Señalaremos cuál es y porqué se ha ido agravando con las sucesivas reformas.
    3. Lo que ganamos por un lado, lo perdemos por el otro. Precisamente porque son las dos caras de la misma moneda: no puede existir la una sin la otra. Tan altísima creación de empleo conlleva una parte considerable de empleo precario, inestable, falsamente temporal en los contratos de trabajo, que acaba pereciendo rápidamente al primer síntoma de debilidad de la economía. Y como consecuencia, la destrucción de empleo en las crisis es también excesiva, irracional, y ocasiona fuertes aumentos del paro, que resultan posteriormente muy costosos de reducir y asimilar. La enfermedad está precisamente aquí: en un exceso de elasticidad del empleo debido a su precariedad laboral y mala calidad productiva (van de la mano), que exige una corrección, una ‘europeización’ de las normas laborales, que dé lugar a la creación de empleos estables y no precarios, que reduzcan el sobreajuste de la ocupación por parte de las empresas durante los periodos de crisis.
    4. El otro fenómeno que ha contrarrestado la capacidad de crecimiento del empleo ha sido el considerable y sostenido crecimiento de la población activa, dando lugar a una fuerte resistencia a la aminoración de los descensos del paro.

La tasa promedio de paro oculta el comportamiento del empleo y de los activos

En el conjunto del periodo de esas cuatro décadas, ¿qué ha sucedido?:

  • El empleo, más allá de las bajadas y subidas, ha crecido en 7.200.000 personas, un nada despreciable 57%, pasando de los 12 millones ochocientos mil ocupados de 1976 a los más de 19 millones novecientos mil de 2019. Más allá de los vaivenes ocasionados por la reacción del empleo precario a las crisis, se registra un notable crecimiento estructural.

En las crisis se han perdido, en suma, casi 6.400.000 empleos de los 13.700.000 creados en las expansiones (un registro incomparablemente más elevado que el de los demás países del entorno).

Lo que permite concluir que tal vez habría sido más útil y mucho más eficiente y eficaz haber creado algo menos de empleo pero de mejor calidad y más estable y resiliente. Y haber dispuesto de unas condiciones y un entorno normativo laboral más parecido al de nuestros vecinos, que hubiera limitado a una mínima parte las pérdidas durante las crisis.

Este es el primer factor que explica por qué se ha mantenido tan elevada en promedio la tasa de paro.

  • Junto a ello, es preciso tener en cuenta el segundo factor que explica la elevada tasa de paro promedio: el enorme crecimiento de la población activa.

A pesar de los más de siete millones de empleos netos creados en las cuatro últimas décadas, esa fuerte capacidad de creación de empleo ha tenido que hacer frente a un incremento de la población activa de nada menos que prácticamente 9.800.000 personas.

Se trata, como veremos, de un enormemente positivo e intenso proceso de incorporación de la mujer al mercado laboral a lo largo de estas cuatro décadas, junto a un segundo de crecimiento considerable de los flujos migratorios hacia el interior, especialmente desde la segunda mitad de los años noventa.

En la tabla siguiente se resumen ambos factores y la evolución de las tres variables (empleo, actividad y paro):

No se puede desdeñar en modo alguno la incidencia de la presión de la población activa sobre la considerable capacidad de creación de empleo registrada en estas décadas. Ningún país cercano se ha tenido que enfrentar a nada semejante.

Para comprenderlo adecuadamente veamos en el gráfico siguiente la evolución comparada de los activos en España respecto a las principales economías europeas. El crecimiento de los activos en España más que duplica en unos casos, y cuadruplica en otros, el registrado en las grandes economías europeas y la media de los Quince (para los que los datos están más accesibles).

Especialmente durante el periodo de expansión y considerable crecimiento del empleo entre 1994 y 2007, el crecimiento de los ocupados, en torno a ocho millones y medio, tuvo que hacer frente a un incremento de seis millones y medio de activos, por lo que en definitiva el desempleo se redujo en unos dos millones.

Para que se perciba con toda intensidad el fenómeno, cabe hacer el ejercicio puramente teórico de lo que habría sucedido si la capacidad de creación de empleo hubiera debido enfrentarse a un crecimiento de la población activa proporcionalmente similar al del promedio de la UE-15 (algo inferior a la mitad del nuestro).

En ese supuesto, los 3.700.000 desempleados de 1995 habrían sido no solo absorbidos en su totalidad (reducido a cero el paro), sino que aún habrían hecho falta casi 2.700.000 activos más para satisfacer la creación de empleo.

En suma, el mantenimiento de una tasa de paro tan elevada como la que muestra el promedio de cuatro décadas está obviando un segundo fenómeno como el del enorme crecimiento de la población activa en España, de una envergadura desconocida en nuestro entorno.

Conclusión: enfermedades imaginarias y verdaderas dolencias

El somero análisis realizado no permite identificar empíricamente ningún tipo de enfermedad que impida reducir la tasa de desempleo por debajo del 17%, ni alcanzar los inferiores promedios europeos.

Al contrario, permite mostrar como las dificultades para reducir las tasas de paro provienen de dos factores puestos de manifiesto: la excesiva destrucción de empleo durante los periodos de crisis, y el crecimiento incomparablemente intenso de la población activa durante la mayor parte del periodo.

El primero de esos factores ha reducido casi a la mitad en el conjunto del periodo los volúmenes de empleo creados debido a los fuertes ajustes de empleo (también incomparables con los de nuestros vecinos) durante las crisis. Y el segundo explica las dificultades para reducir la tasa de paro, en un contexto de enorme expansión de la población activa, pese a los fuertes crecimientos del empleo.

De acuerdo con ello, y a la vista de las evidencias que trataremos en un próximo trabajo, el primero de esos factores requiere para su superación un conjunto de reformas dirigidas, por un lado, a reducir los elevados niveles de temporalidad (los mayores de la UE), causados diferencialmente por el abuso y el fraude de los contratos temporales respecto a la racionalidad productiva y a la legislación.

Por otro, un cambio profundo en los sistemas de ajuste a las crisis, que impida la utilización de los despidos tanto colectivos como individuales (especialmente los improcedentes y los objetivos) cuando no existen causas estructurales probadas, y el uso obligatorio de los mecanismos de ajuste temporal, transitorio y reversible, bien regulados en las instituciones de ajuste tanto de empleo como de salarios, otorgándoles la debida prelación y control con una nueva regulación equivalente a la de los países de nuestro entorno.

Es decir, exactamente lo contrario de lo que ha venido haciéndose en las reformas laborales desde comienzos de los años noventa, que han creado un mercado laboral que sobredimensiona injustificadamente los despidos y que es profundamente destructor de empleo.

Respecto al fenómeno del crecimiento de la población activa, sus fundamentales indican que los crecimientos serán mucho más moderados que el pasado. Las tasas de actividad femenina deben continuar creciendo, si bien a un ritmo que será mucho más moderado que en el pasado, compensando en parte el descenso previsto de la población residente en edad de trabajar durante las próximas décadas.

Los flujos migratorios, por otro lado, deberían continuar creciendo a un ritmo suficiente para evitar los cuellos de botella del empleo, por la caída de la población en edad de trabajar, y el desafío pendiente consiste en desarrollar nuevos y más eficaces mecanismos para adaptar cuantitativa y cualitativamente esos flujos a las necesidades reales del mercado laboral, sin obviar la necesaria incorporación al empleo de las personas desempleadas.

En estas condiciones, y manteniendo el perfil de crecimiento económico, la tasa de paro no tardará treinta años en alcanzar el 7%, como absurdamente señalan algunas proyecciones, sino que, siguiendo los ritmos de los últimos años (doce puntos menos en cinco años), podríamos alcanzar niveles europeos en tan solo cinco años.

Todo ello no solo es posible, sino que es necesario. Y podrá realizarse a condición de que la orientación de las reformas sea la adecuada. Desterrando para ello la concepción de modernos espartanos cuya obsesión es mantener la ineficiencia del pernicioso statu quo actual que contempla a los trabajadores como aquellos lo hacían con los ilotas, es decir, como condenados a trabajar sin derechos.

[i] Nuestra intención es hacer una serie de varios artículos a lo largo de los próximos meses en torno a la cuestión del diagnóstico de los (a nuestro juicio) verdaderos problemas o deficiencias del mercado de trabajo, que permitan modestamente contribuir a darle un enfoque más adecuado a los planteamientos y soluciones contempladas en el informe ESPAÑA 2050. De ahí que hayamos anotado este como el primero de esa serie.

NOTA: los datos utilizados provienen de la EPA, del INE, y de la EFT de Eurostat.

Antonio González, economista y miembro de Economistas Frente a la Crisis (EFC), fue Secretario General de Empleo en el periodo 2006 – 2008 @AntonioGnlzG

Fuente

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